§ 1.14. Los dos cuerpos del rey

Sobre la intersección de lo humano y lo divino en la figura del soberano:

En Los dos cuerpos del rey, el historiador Ernst Kantorowicz elabora un lúcido panorama sobre la importancia del cuerpo humano para la soberanía. El libro, un estudio sobre teología política medieval analiza la doctrina jurídica de los dos cuerpos del rey: el cuerpo físico —perecedero como el del resto de mortales—, y el cuerpo místico o político —eterno como el oficio del rey—, que aseguraba la estabilidad y continuidad del estado. El origen religioso de esta doctrina es claro: del mismo modo que el cuerpo del Leviatán de Hobbes (1.9) abarca a la totalidad del pueblo, el cuerpo político del soberano asimila la idea de la iglesia como cuerpo místico de Cristo.1 La coexistencia de estos dos cuerpos en la figura del soberano permite entrever de un modo particularmente claro su naturaleza doble: tanto humano como divino.

¿Qué forma tomaba el cuerpo político del soberano? Durante las ceremonias fúnebres de los reyes franceses se fabricaba una efigie del soberano que tenía una papel muy particular: 

En el funeral de Francisco I, el cuerpo de carne y hueso se exhibió en su ataúd en el vestíbulo del palacio por espacio de unos diez días. Después cambió el escenario el ataúd que contenía el cadáver fue trasladado a una pequeña cámara, mientras en el vestíbulo tomó su lugar una efigie del rey de tamaño natural […] que yacía en cuerpo presente; con la llamada corona «imperial» sobre la cabeza, la manos cruzadas sobre el pecho, el cetro y la main de justice, a ambos lados de la almohada.2

La efigie del rey era llevada sobre el ataúd hasta París donde se le exhibía con el resto de insignias reales. El mensaje: “el poder de la jurisdicción ordinaria subsiste aún durante el intervalo en el que el emperador está muerto.” Kantorowicz deja abierta la posibilidad de la influencia de los antiguos ritos funerarios de los emperadores romanos en la ceremonia de la realeza francesa, pero no argumenta que sea directa.

El caso romano es aún más elocuente. Luego de la muerte del emperador, una efigie de cera hecha en su imagen era «tratada como un enfermo y yacía en el lecho: matronas y senadores se alineaban a ambos lados; los médicos fingían tomar el pulso a la efigie y prodigarle sus cuidados, hasta que, transcurridos siete días, la imagen moría».3 En muerte el soberano sigue siendo atendido como si estuviera vivo. La máscara de la soberanía, representada en una imago de cera, lo sobrevive y, aún si esta perece, ya ha cumplido su función: perpetuar la dignidad real más allá de la vida natural. El rey ha muerto, larga vida al rey.   


  1. I Corintios, 12:12-14. ↩︎
  2. Ernst Kantorowicz, Los dos cuerpos del rey, 417. ↩︎
  3. Ibíd., 419. Giorgio Agamben ha notado que la efigie de cera del rey guarda una gran similitud con el signum del devotus, la imagen que lo representa en el ritual funerario a través del cual es consagrado a los manes (0.12).  ↩︎

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