§ 1.16. La voz de los dioses, la voz de los hombres (2)

En septiembre de 1804 Napoleón le encargó a Jacques-Louis David una pintura monumental para conmemorar su ceremonia de coronación. David, conocido por su Napoleón cruzando los Alpes (1801), le dedicó un poco más de un año al encargo del emperador. La escena de la coronación, que tuvo lugar en Notre Dame, es bastante singular. No solo el decorado es arcaizante, sino que al mejor estilo de un imperator romano Napoleón lleva una corona de laurel, antiguo símbolo de la victoria. Pero el detalle más intrigante es que el nuevo emperador, con una pequeña corona en alto, le da la espalda al Papa Pío VII, que supervisa silenciosamente la ceremonia. Es Napoleón mismo quien se ha coronado y que ahora procede a coronar a Josefina como emperatriz. La pintura de David nos muestra al primer dictador moderno en la actitud opuesta al grabado de Tukulti-Ninurta I: en vez de humillarse ante el trono vacío de su dios, Napoleón le da la espalda a su representante en al tierra (1.5). El soberano está ahora en libertad de actuar como le plazca, ni dios ni la iglesia han puesto la corona sobre su cabeza. Tanto el eje vertical ascendencia-descendencia (1.15) como el eje horizontal, llamémoslo, de sumisión-dominio, han sido trastocados.

Jacques-Louis David, La coronación de Napoleón (1807)

Dominique Ingres, discípulo de David, también conmemoró la ocasión con una pintura no comisionada que muestra a Napoleón sentado en su trono imperial. Duramente criticada en su momento, la pintura recurre a un hieratismo y simbolismo que lo presentan como un ser casi sobrenatural. Con la mano derecha sostiene el cetro de Carlos V de Francia mientras la Main de Justice de Carlomagno descansa en su rodilla izquierda. El águila imperial puede distinguirse en el escalón que da al trono, justo debajo del cojín en el que reposan sus pies. En el espaldar vemos un semicírculo con siete estrellas presididas en el zenit por una flor que parece un sol. Un escenario extremadamente digno para un imponente hombrecillo que reclutó forzosamente a millones, envió a cientos de miles de jóvenes a su muerte y estuvo a punto de arruinar la naval y el comercio franceses. Todo, según Chateaubriand, «para un tirano abominable […] para un extranjero que es tan pródigo en sangre francesa por la única razón de que no tiene una sola gota de esta sangre en sus venas».1 El visconde de Chateaubriand, por supuesto, era monarquista.

Ingres, Napoléon I sur le trône impérial (1806)

La representación que Ingres hace de Napoleón recuerda un cuadro posterior del mismo artista titulado Júpiter y Tetis (1811) en el que la madre de Aquiles le suplica a Zeus que permita que los troyanos hagan retroceder a los griegos.

Y la diosa postróse a sus pies, abrazó sus rodillas con la mano siniestra y tocó con la diestra su barba.2

Ingres, Jupiter y Tetis (1811)

La nereida está prosternada ante Zeus Pater mientras este, de imponentes facciones leoninas —el animal solar por excelencia—, está sentado en su trono dorado; sus proporciones son, acordemente, las de un adulto y una niña. La infantilización, como veremos más adelante, es uno de los principales rasgos del lugar terrible. La mano derecha de Zeus sostiene un cetro y la izquierda reposa cómodamente en una nube. Su águila está a la izquierda del trono mirando atentamente a Tetis. Siete lineas irradian de la cabeza del dios, como dividiendo el orbe en las siete esferas celestiales (1.8).

Los cuadros de David e Ingres actúan como representaciones pictóricas del escenario jurídico donde tiene lugar la soberanía (0.13). En su papel de escenarios, estos cuadros revelan al soberano como una máscara (persona) que evoca los símbolos de majestad y excelencia de los emperadores y dioses de antaño (1.10). Oculto tras esta máscara el rey se convierte en una parte integral del escenario de la soberanía, su centro gravitacional.


  1. François-René de Chateaubriand, De Bounaparte y de los Borbones, 87. ↩︎
  2. Homero, La Ilíada, Canto I. ↩︎

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