En términos arquetípicos, dice el historiador Richard Tarnas, el sol representa:
el principio central de la energía vital creadora, la voluntad de existir; el impulso y la capacidad de ser, de manifestarse, de ser activo, central, de irradiar, de “brillar”, de sobresalir, lograr, iluminar e integrar; la voluntad individual y la identidad personal, la sede de la mente y el espíritu, el animus, las funciones ejecutivas del yo o ego, la capacidad de iniciativa y de afirmación de propósitos, el impulso a la autonomía individual y la independencia […] la expresión centrífuga del yo […] el rector del cielo diurno, de lo claramente visible, la fuente de luminosidad que supera la oscuridad general, lo monocéntrico […]1
Llevados a la esfera psicológica, estos son los rasgos propios de aquellos que han bajado y subido por la espiral del laberinto solar y que le confieren al individuo una excepcional capacidad de liderazgo (1.2, 1.3). Son, en pocas palabras, los atributos de un rey. Dada esta relación natural entre el soberano, el sol y el más precioso de los metales, tanto dioses como reyes siempre han exigido que se les honre con oro. Los primeros en ofrendas para sus altares, los segundos en impuestos para sus cofres.
Luego de ser guiados por la estrella que anunció el nacimiento de Jesús —la figura solar por excelencia—, los tres reyes magos «entraron en la casa, y vieron al niño con María, su madre; y arrodillándose lo adoraron. Abrieron su cofres y le ofrecieron oro, incienso y mirra».2 Si bien el incienso y la mirra eran muy preciadas en el mundo antiguo, el oro es ciertamente el regalo más digno para un rey.
En el segundo libro de Crónicas encontramos que el oro que el Rey Salomón
recibía cada año llegaba a unos veintidós mil kilos, sin contar el tributo que le pagaban los comerciantes y viajeros. Además, todos los reyes de Arabia y los gobernadores del país le traían oro y plata a Salomón. El rey Salomón mandó hacer doscientos escudos grandes de oro batido, empleando en cada uno seis kilos de oro. Mandó hacer también trescientos escudos más pequeños, empleando en cada uno poco más de tres kilos de oro batido, y los puso en el palacio llamado «Bosque del Líbano». Mandó hacer también un gran trono de marfil, y ordenó que lo recubrieran de oro puro. El trono tenía sujetos a él seis escalones y un estrado de oro, y brazos a cada lado del asiento, junto a los cuales había dos leones de pie. Había también doce leones de pie, uno a cada lado de los seis escalones. ¡Jamás se había construido en ningún otro reino nada semejante! Además, todas las copas del rey eran de oro, lo mismo que toda la vajilla del palacio «Bosque del Líbano». No había nada de plata, porque en tiempos de Salomón ésta no era de mucho valor […]3
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