§ 2.12. Idolatría

Desde mi punto de vista, parece como si la secta dandística no fuera sino

una nueva modificación, adaptada a los nuevos tiempos, de la superstición

primigenia: el culto a uno mismo. Algo que Zaratustra, Mahoma, Confucio

y tantos otros se esforzaron por subordinar y reprimir antes que erradicar, y

que sólo en las formas más puras de religión ha sido totalmente rechazado.

Por ello, si alguien quiere verlo como un Ahrimanismo revivido o simplemente

como un satanismo renovado, no tengo objeción alguna, puesto que lo parece.

Thomas Carlyle, Sartor Resartus

Otro dandi embelesado con la idea de alcanzar la belleza propia de los objetos:

En 1876, Dean Burgon, el vicario de St. Mary, en Oxford, manifestó la siguiente opinión desde el púlpito: «cuando un hombre que no está bromeando, sino hablando en serio, dice que le cuesta estar a la altura de sus porcelanas chinas, esto significa que en este recinto se ha infiltrado una forma de paganismo contra la que tenemos el sagrado deber de luchar, si es posible, hasta su completa aniquilación». El hombre al que se refería era uno de los alumnos más populares de esta célebre institución, un irlandés llamado Oscar Wilde.1

La forma de paganismo de la que el vicario Burgon acusaba a Wilde era, por supuesto, la idolatría. Una idolatría que, si es uno quien quiere elevarse “a la altura de sus porcelanas chinas”, equivale a un culto a uno mismo. Secularización del ser, que empieza a bastarse a sí mismo, a convertirse en su propio fetiche. Así pues, además de una disociación de los intereses espirituales o religiosos, la secularización implica un encerramiento del sujeto y sus capacidades naturales en el reino de la mercancía; un estado de autosuficiencia que normalmente está reservado a los objetos. Desde un punto de vista religioso el dandismo, como argumenta Carlyle, implicaba un cerramiento al acto de ser y, como tal, podía ser visto como prácticamente satánico.

Cabe resaltar que el dandi, como una versión secularizada del soberano, ya no aspira a la divinidad que solía investir a sus ancestros, aspira a legitimar su posición elevándose a la dignidad de los objetos. Es decir, hace del valor de cambio de la mercancía su afirmación a la soberanía, llevando lo abstracto e inmaterial a la superficie, y la superficie (el valor de uso) a las profundidades. Una inversión metafísica entre el adentro y el afuera (2.3). 


  1. Carlos Primo y Leticia García, “Una apología del dandismo”, 19. ↩︎

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