Los medios modernos de comunicación —en su papel como nuestro actual ecosistema nativo—, nos han puesto en una situación en la que el interior y el exterior del mundo se con-funden constantemente. Desde principios del siglo XX la propaganda, las relaciones públicas y el mercadeo, han asumido un papel cada vez más importante en la civilización occidental. El resultado: desde hace algún tiempo es difícil saber cuáles de nuestros pensamientos, ideas y motivaciones son producto de nuestros propios procesos mentales y emocionales y cuáles nos han impuestos desde afuera; al punto que la estabilidad misma del sistema depende de la confusión de nuestros mundos interior y exterior. Por supuesto, los humanos no somos unidades selladas y cierto grado de esta “interferencia” —el encuentro de dos ondas—, siempre ha tenido lugar en una sociedad compleja. La diferencia entre nosotros y las civilizaciones bicamerales premodernas es cualitativa: mientras que el interior de su mundo puede describirse como “psíquico” o, siguiendo a Merleau-Ponty, “intracorporal”, el interior del nuestro se ha vuelto tan artificial, falso y “exterior” como las imágenes mediáticas que pueblan su superficie. Sin importar sus componentes la relación especular persiste.
Este mundo facticio de los medios de comunicación es una configuración más del mundo de cosas del que habla Owen Barfield (2.16), ya no «un exterior que expresa un interior, sino simplemente de una frágil superficie exterior que, no obstante, es la superficie de nada».1 La celebridad, como soberana de este mundo mediático, se encuentra en el epicentro de este cambio perceptual.
- Owen Barfield, History, Guilt & Habit, 47. ↩︎
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