§ 4.5. Indistinción

Si la celebridad heredó el privilegio soberano de actuar como zona de indistinción entre derecho y violencia (0.10, 1.17, 1.18, 3.2), su encarnación más reciente, alentada por los medios masivos de comunicación, cristaliza otra indistinción más que estaba latente desde tiempos de la Regencia. Su fórmula básica la encontramos en la figura de Beau Brummell, cuyas maneras, según Barbey d’Aurevilly, no era otra cosa que «la fusión de los movimientos del espíritu y del cuerpo». (2.6). Como individuo la celebridad se configura como una zona de indistinción entre el interior y el exterior del mundo.

Esta nueva indistinción se origina en un circunstancia que ya examinamos, a saber, que en la persona del soberano y de la celebridad se funden lo público y lo privado; las imágenes de lo exterior y lo interior en el nivel social. La función tradicional de la genealogía, legitimar trasladando de la esfera privada a la pública (1.12) —que en el siglo XIX se logró a través de las fashionable novels—, se logra ahora a través de los medios masivos de comunicación. Son las revistas de moda y los programas de farándula los que guardan las genealogías del mundo moderno, crónicas que en muchas ocasiones se convierten en verdaderas mitologías que difuminan las fronteras entre lo real y lo ficticio en la mente del público (2.2).   

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