§ 2.16. Ídolos

Sobre la secularización de la imagen del soberano: 

En 1789, Anna Maria Grosholtz, nativa de Estrasburgo y discípula del gran escultor en cera Philippe Curtius, fue arrestada por los jacobinos y acusada de simpatizar con la realeza. En efecto, Grosholtz había sido cercana a la casa de los Borbón y tenía su favor por cuenta de las efigies de cera que había hecho para la familia real. Se salvó de la guillotina gracias a la intervención de Jean-Marie Collot d’Herbois, revolucionario que tenía en gran estima a Curtius. Se dice que durante el Régimen del Terror se le encargó hacer las máscaras mortuorias de Luis XVI, Maria Antonieta, Jean-Paul Marat y Maximilien Robespierre. Este tipo de máscara, efigie última de una persona, cumplía una función similar, aunque secularizada, que las figuras de cera que representaban a los reyes y emperadores y los sustituían durante los ritos fúnebres (1.14): perpetuar la dignidad real el cuerpo político del soberano, luego de su muerte.

Luego del Terror, Marie Grosholtz se casó con François Tussaud, un ingeniero civil y en 1802 viajó a Londres por invitación de Paul Philidor, uno de los pioneros de los teatros de fantasmagoría, para exponer su colección de esculturas de cera. Madame Tussaud, como se le empezó a conocer por entonces, no pudo regresar a Francia por a las guerras napoleónicas. Luego de probar suerte en Edimburgo, organizó una exposición ambulante de efigies de cera de las celebridades y la nobleza del momento con la que recorrió el Reino Unido durante treinta y tres años. En 1835 estableció su primera colección permanente en el segundo piso del Baker Street Bazaar, que sus descendientes convertirían en el famoso museo de cera Madame Tussaud’s. La evolución de las figuras de cera de este museo, ahora poblado de celebridades del cine y la televisión, atletas, y figuras públicas como políticos y nobles, es parte importante de la estética de la secularización de la soberanía.

Las esculturas de Tussaud’s ya no son imago en el sentido estricto del término, son simples cosas. Ahora, la diferencia entre una imagen y una cosa, nos dice Owen Barfield

radica en el hecho que una imagen se presenta a sí misma como un exterior que expresa o implica un interior, mientras una cosa no. Aquello que en un principio era una imagen y que, con el tiempo, se transforma en una cosa es lo que hoy podríamos describir como un ídolo. Dicho esto, un estado mental colectivo que solo percibe cosas, pero que no ve imágenes, puede ser caracterizado como idolatría […] El mundo que percibimos hoy ya no es un mundo de imágenes, no se trata de un exterior que expresa un interior, sino simplemente de una frágil superficie exterior que, no obstante, es la superficie de nada.1

Así pues, nuestras celebridades actuales son “ídolos” y nuestra sociedad como se prefigura en Oscar Wilde, idólatra (2.12). También son “muertos vivientes” y nuestra sociedad una tierra de zombies (0.12, 0.16, 2.10, 2.13). En Madame Tussaud’s el ritual establecido para los ritos fúnebres de antaño no solo se extiende a celebridades vivas, se dilata indefinidamente en el tiempo mientras admiramos estas efigies-mercancía.

Larga muerte a la celebridad, que no puede vivir pues su máscara mortuoria no es sino un objeto hueco, un cascarón de la soberanía.  


  1. Owen Barfield, Historia, Culpa y Hábito, 47. ↩︎

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