§ 4.3. Tocar es tocarse

En su obra seminal La magia de los sentidos, el filósofo y ecólogo David Abram argumenta que los humanos modernos nos hemos acostumbrado a pensar en el mundo natural como una entidad pasiva sobre la cual debemos operar desapasionadamente. La polaridad actio/passio que define el derecho de excepción del soberano —actuar o sufrir la consecuencias de los actos de otros (1.7)—, también define la actitud de nuestra civilización hacia el mundo natural. Según Abram,

Tan sólo ausentándonos mentalmente de dicha relación, olvidando o reprimiendo nuestra implicación sensorial, conseguimos inmovilizar y objetivar conceptualmente un fenómeno. Definir a otro ser como objeto inerte o pasivo equivale a negar su capacidad para involucrarnos activamente y provocar nuestros sentidos, con lo que bloqueamos toda posible reciprocidad con este ser. Al describir lingüísticamente el mundo que nos rodea como un conjunto determinado de objetos, desconectamos nuestro ser consciente y parlante de la vida espontánea de nuestro cuerpo sensitivo.1

Nuestra existencia en el mundo es, o por lo menos debería ser, un diálogo con este, no el sórdido monólogo que hemos venido sosteniendo desde el tiempo de Descartes. Este diálogo, que comprende la comunicación entre la psique y el mundo, es una de las formas de estabilizar las tensiones inherentes a la polaridad adentro/afuera de la mente humana. 

Abram le dedica el grueso de su libro a las diferentes maneras en que el humano ha logrado   una comunicación profunda con su entorno natural tomando como punto de partida una idea desarrollada por el filósofo francés Maurice Merleau-Ponty: la carne del mundo. Este concepto, sin precedentes en la historia del pensamiento occidental, hace referencia a

el tejido misterioso o matriz, que subyace y da lugar tanto al que percibe como a lo percibido, así como a los aspectos interdependientes de su propia actividad espontánea. Es la presencia recíproca de lo sintiente en lo sentido y viceversa, un misterio del que siempre hemos sido —al menos tácitamente— conscientes, puesto que nunca nos ha sido posible afirmar alguno de estos fenómenos —el mundo perceptible o el ser que percibe— sin afirmar, implícitamente, la existencia del otro.2

La relación del humano con su propio cuerpo es esencial para la fenomenología de Merleau-Ponty, un énfasis que lo separó de la mayor parte de la filosofía de su época. En sus notas de trabajo para Lo visible y lo invisible, libro que quedó inconcluso tras su muerte prematura, leemos:

tocar es tocarse. Comprender como: las cosas son la prolongación de mi cuerpo y mi cuerpo es la prolongación del mundo, por él el mundo me rodea —aunque no pueda tocar mi movimiento, ese movimiento está enteramente compuesto de contactos conmigo— hay que comprender el tocarse y el tocar como el reverso el uno del otro.3

Cuerpo y mundo son imágenes especulares. Sin embargo, para Merleau-Ponty el interior del mundo, no es un simple “estado psíquico”, es «intracorporal, reverso del afuera que mi cuerpo muestra a las cosas». Una de las mejores aproximaciones pictóricas de esta inversión se encuentra en la obra de Francis Bacon que, en palabras de Bernardo Bertolucci, estaba compuesta de «rostros comidos por algo que viene del interior». (3.3.1) En los retratos de Bacon el rostro humano se convierte en una representación de la intracorporalidad.

En una ocasión Paul Eluard dijo de su esposa Gala (que luego se casaría con Salvador Dalí): “su cuerpo es la forma de mis manos”. La interioridad latente de esta imagen contiene la esencia de toda la carne. 


  1. David Abram, La magia de los sentidos, 64. ↩︎
  2. Ibíd., 74. ↩︎
  3. Maurice Merleau-Ponty, Lo visible y lo invisible, 225. ↩︎

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