§ 4.9. Laberintos (3)

En otra novela condensada titulada El gran desnudo estadounidense, la clave de la patología de Travers/Talbert/Traven se halla en el centro de un tipo muy particular de laberinto que Ballard identifica con la figura física de Elizabeth Taylor y el mito de Teseo y Ariadne (0.5):

Reparto principal. El doctor Nathan caminó con paso vacilante por la pasarela, esperando a que Webster llegara a la siguiente sección . Miró hacia abajo, a la enorme estructura geométrica que ocupaba el set central del estudio y ahora hacía las veces de laberinto en una elegante versión fílmica de El Minotauro. En una secuela de Fausto y La Bravía, la actriz de cine y su esposo harían los papeles de Ariadna y Teseo. De una manera notable, la estructura asemejaba el cuerpo de la actriz, una formalización exacta de cada curva y escote. De hecho, los técnicos la habían bautizado “Elizabeth”. Se sujetó a la baranda de madera en el momento en que el helicóptero apareció sobre los pinos y aceleró en dirección a ellos. El Dédalo de ese drama neuronal finalmente había llegado.1

El laberinto de donde emergía el héroe con los fasces, símbolo de soberanía e imperium (1.3), se ha convertido en el soberano/celebridad mismo. La figura de Elizabeth Taylor, la última de las estrellas de Hollywood de la vieja guardia, se convierte en el cuerpo, la carne del curvilíneo laberinto de la soberanía moderna. La liminaridad que hacía del minotauro una figura intermedia entre el mundo de los animales y los hombres, se abre para convertirse en una ambigüedad que hace de la celebridad el polo complementario del mundo.


  1. Ballard, La exposición de atrocidades, 94-95. ↩︎

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