La moda, más que un sistema dado de preferencias estéticas o un instrumento de expresión individual (la ficción de originalidad a través de un “estilo personal”), es un instrumento de poder y la principal arma del soberano/mercancía (5.6, 5.8). Desde este punto de vista la industria de la moda es una pieza esencial del rompecabezas de la sociedad capitalista. Si, según el credo posmodernista, la modernidad es un código, la moda es su emblema.1 Entendido así, dicen Arthur y Mariluoise Kroker, la moda adquiere una función destacada:
Recientemente, apareció un interesante artículo en la edición británica de la revista Elle, que se centró en la colección más reciente de Dior como una forma de analizar, de modo general, a la moda como un sistema de alerta temprana de grandes transformaciones culturales. Siguiendo el modelo de la primera línea de moda posterior a la Segunda Guerra Mundial de Dior […] que usaba el material previamente racionado como una forma de privilegiar al cuerpo del consumidor y darle acceso al exceso necesario para la economía política expansiva de la década del cincuenta […]2
Sobra decir que la colección de posguerra de Dior tenía un profundo sesgo ideológico que convirtió a la moda uno de los escenarios de la Guerra Fría: hacía hincapié en algo de lo que la Unión Soviética simplemente carecía, la abundancia de bienes que viene con una robusta economía de mercado. El consumo, al menos en los Estados Unidos, se convirtió en algo inherentemente patriótico, no era solo una forma de expresar las “libertades” civiles del individuo (5.5), sino una suerte de deber con la patria, con la forma de vida capitalista. Así pues, la crinolina, el labial y los electrodomésticos se convirtieron en más que objetos, eran armas de opinión pública en una confrontación internacional.
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