Como ya vimos en referencia a la estrella y el dictador, la celebridad es la bisagra a través de la que se articula el poder en un estado que ha sido completamente mercantilizado. Él o ella actúa como el punto oculto de unión entre los llamados estados democráticos y los totalitarios (3.2).
En este punto se unen varios hilos: como superficie —inversión y aplanamiento del exterior y el interior (5.2)—, la celebridad se convierte en la encarnación misma del capitalismo, tanto humano-mercancía (2.10) como carne del mundo contemporáneo (4.8). Como heredero del dandi (2.13), el reino de la celebridad es la estética, su principal arma es la moda y la opinión (2.5). Buena parte del totalitarismo “blando” (5.4) que caracteriza a las sociedades postindustriales se canaliza a través de sus celebridades. Como soberanos-mercancía, las estrellas de cine y televisión, los músicos de rock, pop y reggaeton, los atletas y modelos son los maestros de ceremonia de un espectáculo mediático en constante despliegue y crecimiento. En ellas la soberanía desaparece de la esfera de la política y reaparece en la de la economía y el entretenimiento, donde se difunde a todos los estratos de la sociedad (3.2). En efecto, la política también ha sido absorbida y transformada en una mercancía, convirtiéndose así en política-pop, un sórdido espectáculo que tiene más de reality show que de proceso democrático genuino (4.14, 4.15). El carácter espectacular de la política contemporánea puede ser verificado en las presidencias de Dmitri Medvéded de Rusia e Ivan Duque de Colombia, que han servido de máscaras mediáticas (léase títeres) de sus ex-presidentes.
Deja un comentario