El hecho de que la celebridad contemporánea disfrute del privilegio de la excepción —pensemos en Bertolucci y Polanski (3.3)—, apunta a un aspecto aún más profundo que lo ata a la soberanía. Como zona de indistinción entre público y privado (1.12, 4.5), la celebridad es víctima de una profunda ambigüedad: es por una parte un individuo y por otra una mercancía que se debe a su público. La celebridad, el actor y la modelo son tales en virtud de su apariencia física, que determina su valor en el mercado y los convierte en “elegidos” que deben renunciar, o por lo menos disminuir considerablemente, a su derecho a una vida privada. De un modo similar a como se “desnuda” al grueso de la humanidad de su bios para manipularla como zoé, la celebridad es aquel que ha sido desnudado de su vida privada y vuelto a ataviar con un “traje mediático.” Así pues, se trata de una suerte de prisionero del locus terribilis de los medios, un homo sacer al que se puede despojar de su privacidad pero que no puede ser sacrificado como mercancía (0.12, 1.4, 2.10, 2.13, 4.7).
§ 5.9. Un traje mediático para el emperador
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