El linaje de los humanos es inseparable del resto de los animales. La relación con nuestros compañeros de reino ha sido, durante la mayor parte de vida de nuestra especie, íntima y fructífera. Las mitologías animales, o de humanos-animales, son un tema común a la mayoría de culturas y existen razones de sobra para pensar que el humano primitivo tenía una relación completamente diferente a la nuestra con el resto del reino animal. Un mundo exclusivamente humano es un desarrollo relativamente reciente y, según Morris Berman, el estar expuesto a todo tipo de animales debió ser una experiencia común entre las sociedades preagrícolas. El compartir el mundo con otros animales rompe la homogeneidad de la relaciones entre los miembros de nuestra especie, nos introduce y hace partícipes de un mundo natural mucho más grande que nosotros:
Hay algo tedioso y narcisista en un mundo estrictamente humano y las sociedades cazadoras-recolectoras se arreglaron para evitarlo. Por eso no es sorprendente que los primeros símbolos fueran animales; que sea universal el uso de imaginería animal para registrar la experiencia del mundo.1
Pero a la vez que nos integra con el resto del reino animal, convivir con y observar a otros animales hace que empecemos a reconocernos como humanos. Según Berman, esto sucede porque «la mirada de un animal es muy diferente a la de otro ser humano. Los ojos de un animal mirando a un hombre […] son cautelosos, y el hombre “se percata de sí mismo al devolver la mirada”»2. Al respecto Berman cita unos versos del poema “Una cierva en la noche” de D.H. Lawrence:
… Yo la miré
y sentí su vigilia;
me convertí en un ser extraño…
Estas líneas me recuerdan la mirada de mi padre durante la fase más aguda de su neumonía (0.15): «sus ojos habían perdido el brillo que lo distinguía como persona, su rostro se había despojado de cualquier esbozo de sociabilidad, la máscara de bios se había desmoronado. Su temor y sufrimiento eran más parecidos a los de un animal malherido que a los de un hombre, su mirada, completamente ininteligible, no revelaba ningún rastro de personalidad». La mirada de mi padre era completamente diferente de lo que yo había visto hasta entonces en otro humano, y mucho menos en uno tan parecido físicamente a mí. Así pues, es solo a través de una mirada carente de sociabilidad, de bios, que los humanos podemos hacernos conscientes de nuestra condición de animales. De manera similar, al contemplarnos como zoé también nos hacemos conscientes de nuestro bios.
Visto así, no es extraño que nuestra convivencia con otros animales le hubiera permitido a nuestros ancestros reconocerse como un yo y un otro.
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