Los animales siempre han sido una fuente de asombro para los humanos. Si a través de su inquietante mirada podemos reconocernos simultáneamente en ellos y como una especie aparte, ésta también nos permite entrar en contacto con un aspecto más profundo del mundo natural:
El silencio del animal, y su distancia, guardan un secreto para el hombre y como consecuencia de esto en los tiempos paleolíticos se consideraba al animal como un poseedor de poderes.1
Por esta razón la cacería era una actividad sagrada y mágica, «un acto de comunión y reciprocidad con el reino animal»2. Cazar implica una identificación profunda con la presa, un convertirse en ella. Esta forma primitiva de cacería representa un estado de equilibrio en la relación entre yo y otro en el que ambas partes, el humano y el animal, se organizan en una unidad polar. El reconocimiento como uno u otro es posible para los humanos modernos, pero para nuestros ancestros su doble naturaleza era una cuestión inmediata —es decir, no mediada—, que implicaba ser simultáneamente yo y otro. Hombre y mundo, yo y otro, seguían siendo continuos.
Esta cuestión explica la profusión de imágenes durante el paleolítico superior que representan animales con rasgos humanos y viceversa; criaturas híbridas que persisten en figuras mitológicas más recientes como el minotauro y la sirena, que ocupan un umbral entre el humano y el animal (1.4). Esta indistinción entre el yo y el otro es la penumbra de donde surge la primera figura de la soberanía: el chamán. Dado el estatus sagrado del animal como portador de poder, el hombre o mujer que ocupara una posición intermedia entre el mundo humano y el animal podía también hacer de puente entre lo material y lo inmaterial (0.21). Así pues, la soberanía surge de la marginalidad, del bando (0.17) donde habitan criaturas liminares como el licántropo que, en virtud de su ambigüedad, son análogos del homo sacer y, a través de este, del soberano.
Es de la indistinción entre yo y otro donde encontramos una explicación parcial de la indeterminación del termino sacer, sagrado y profano, que figura también en el término hebreo kadosh, que significa tanto “bendito” como “separado”.
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