La evolución de los asentamientos sedentarios debió haber girado alrededor de la topología de la domesticación, que se convirtió en el núcleo de la soberanía desde donde se empezó a efectuar la transformación de tierra en terreno y, más adelante, en territorio político. En el centro de esta transformación estaban los hábitos que se posteriormente se concretaron en los jardines y parques de cacería reales. En efecto, la idea griega de polis, entendida no solo como “ciudad” sino también como territorio y ciudadanía, expresa la estructura cerrada del paradeisos elevando una ciudadela amurallada (acrópolis) que hace las veces de núcleo religioso y administrativo de la ciudad-estado y sirve de atalaya para avistar posibles invasores (0.27). Una vez la urbe empieza a extenderse alrededor de la altura amurallada —la acrópolis de Atenas y el Monte Palatino en el caso de Roma—, surge el espacio conocido como suburbio (del latín suburbium), que en las ciudades originarias se refería literalmente lo que quedaba bajo la urbe.
De ahí en adelante la topología del paradeisos es evidente en todas las iteraciones urbanas. En efecto, una de las posibles etimologías del latín urbs (ciudad amurallada) es el protoindoeuropeo werb, que significa “doblar, volverse”, y podría interpretarse como un cerrarse sobre sí mismo. Según el lingüista Michiel de Vaan, esta idea parecería confirmada por el hitita warpa, “cercado”, y el tocario A warpi, “jardín” (0.3). Del domus crece el paradeisos, su centro y locus originario de la soberanía, y a su alrededor crece la ciudad amurallada (urbs), que actúa como una coraza que permite a sus habitantes aislarse de la alteridad, una cuestión enteramente evidente hasta el medioevo en la estructura del burgo, la ciudad amurallada que crecía alrededor de un castillo (del alemán burg).
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