Ahora, no es solo el gueto de Roma el que refleja la topología del lugar terrible, es la ciudad entera la que se involucra en una dinámica arquitectónica que resalta la defectuosa relación entre yo y el otro (0.27). Al mismo tiempo que los judíos de Roma tuvieron que hacinarse del otro lado del Tíber en una franja de calles amuralladas que originalmente estuvieron destinadas a proteger a la ciudad de invasores (y que se inundaban regularmente con las crecidas del río), la iglesia católica se embarcó en un plan para presentar a la ciudad como una “Nueva Jerusalén”, que anticiparía a la Jerusalén Celestial, la ciudad de Dios que representa tanto la reconstrucción física como la restauración espiritual del reino del Dios. En pocas palabras la Iglesia de Roma estaba insinuando la instauración del Paraíso terrenal ya no en su emplazamiento original, la Jerusalén histórica, sino en el centro de poder del mundo cristiano.
Acuciados por la reforma protestante, los sucesores de Pablo IV se entregaron a la construcción y remodelación de ostentosas plazas e iglesias (entre ellas la reconstrucción de la Basílica de San Pedro) que comparadas «con el recinto cercado donde vivían entre tres mil y cuatro mil judíos a orillas del Tíber hacía que las nuevas construcciones de la ciudad parecieran mucho más espectaculares»1. La pobreza y hacinamiento del gueto, dice Duneier, «ofrecía una prueba visual de la diferencia entre lo viejo y lo nuevo, judíos y cristianos, condenados y salvados»2, en pocas palabras, del destino de la alteridad en las sociedades cristianas.
Irónicamente, el plan de la iglesia católica de crear una Nueva Jerusalén en la tierra, ya había producido un paraíso en el sentido original del término: una ciudad amurallada en la que la exclusión y la excepción se convierten en las condiciones necesarias para la existencia de la polis. Una torre en la que, en palabras de Peter Gabriel, entre más protegidos, estamos más atrapados.
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