El menosprecio y miedo a los judíos continuó en ascenso en Italia durante el siglo XVI y en 1555 el Papa Pablo IV emitió una bula que declaraba que toda la población judía de Roma debía «vivir exclusivamente en un mismo y único lugar, y de no ser posible, en dos o tres, o los que fueren necesarios, que serán contiguos y estarán completamente apartados de las moradas cristianas»1. Esta medida, que dio inicio al Gueto de Roma, debió ser especialmente humillante pues muchas de las familias judías de la ciudad habían habitando en ella durante cientos de años como ciudadanos con derechos casi plenos (exceptuando algunos que solo les eran otorgados a los cristianos) y compartían las costumbres, cocina y la lengua con el resto de la población. Al filo de la modernidad, el siglo XVI —con sus guetos y sus menageries de animales y humanos (6.8 y 6.10)—, fue testigo de un evidente recrudecimiento en la oposición entre yo y otro.
El carácter de excepción de los guetos italianos es evidente en su origen y en los resultados de su operación: «mientras [los judíos] se aferraran a sus costumbres y siguieran siendo distintos en la fe, no se les permitiría formar del conjunto de la sociedad. De este modo el gueto romano situaba a los judíos en una especie de “limbo social y espacial”»2. Esta situación de “limbo” muestra que alteridad y excepción están inextricablemente unidas. Su componente operativo es lo que Freud llamaba unheimlich.
Ahora, hablar de limbo en este contexto es más que una simple metáfora. Pablo IV, para entonces un octogenario fanático, había tramado un plan para obligar a los judíos de Roma a convertirse al cristianismo través de presiones financieras, especialmente de impuestos. Su otra carta fue confinarlos en un lugar «del cual solo podrían salir luego de su bautismo»3. El carácter liminar del gueto romano es literal en términos teológicos. El limbo al que fueron sometidos los judíos es un umbral con el inframundo (6.4, 6.5, 6.11), el lugar de exilio forzado en el que está confinada cualquier alma antes de renunciar al pecado original y aceptar la fe cristiana.
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