§ 7.27. Refugiados

Las encarnaciones posteriores del nomos del campo propuesto por Agamben no han hecho otra cosa que “cultivar” todos los aspectos imaginables con que puede manifestarse la nuda vida. Pero aquí tal vez convenga no centrarnos en el nomos o el topos de la cuestión sino en una de las figuras que pueblan el escenario político actual: el refugiado. Esta figura que según Arendt y Agamben es la «única […] imaginable de la gente hoy en día»1, también puede ser vista como aquella que encarna con más fuerza a la alteridad en el mundo actual, una persona que ha quedado al margen de la protección de los estados-nación y, consecuentemente, se ha visto despojada de cualquier vestigio de derecho civil.

La crisis de refugiados que ha llevado oleadas de miles de personas a través del mediterráneo hacia el continente europeo desde inicios la guerra civil siria en el (2011-2024), marca un nuevo pico en la situación de los desplazados. Según el Alto Comisionado de la Naciones Unidas para los Refugiados, se estima que el número de personas que buscaban asilo a nivel mundial para finales del 2014 llegaba a los 60 millones de personas, la cifra más alta registrada desde la Segunda Guerra Mundial. Esta migración masiva es el resultado directo de las desastrosas políticas  coloniales que los poderes europeos forzaron en el Medio Oriente y África desde principios del siglo XIX y que han desembocado en un estado permanente de guerra civil en muchos de estos territorios (7.12). 

La figura del refugiado, de aquel sin estado ni territorio, es la de la alteridad en su forma más cruda, la manifestación de todo aquello que ha quedado relegado de la polis y sus representaciones, políticas o de cualquier otra índole. Es la representación moderna de un limbo teológico-político —como al que fueron sometidos los judíos del gueto de Roma y del que solo podían escapar mediante el bautizo (7.8)—, o del limbo legal al que se ve sometida una persona sin estado hasta ser repatriada por su antigua nación o naturalizada por una nueva. Esta polaridad entre repatriación y naturalización pone a prueba los límites mismos del estado-nación. Según Agamben el hecho de

que no exista un espacio autónomo dentro del orden político del estado-nación para algo como el hombre puro en sí mismo [zoé] es evidente al menos en el hecho de que, incluso en el mejor de los casos, la condición de refugiado siempre se considera una condición temporal que debería conducir a la naturalización o la repatriación. Un estatus permanente del hombre en sí mismo es inconcebible para la ley del estado-nación.2

De lo anterior se deriva que el refugiado es una de las manifestaciones más claras del fracaso y colapso del concepto de estado-nación. Pero aquí es importante tener en cuenta que el refugiado no solo vive en un umbral legal y físico (la ausencia de estatus civil y su internamiento en todo tipo de campos), es, de hecho, el umbral mismo pues su sola presencia, argumenta Agamben, rompe la identidad entre hombre y ciudadano (0.19), entre zoé y bios (0.10), entre nacimiento y nacionalidad, y al hacerlo pone en crisis la noción moderna de soberanía. Esta ruptura revela otra cuestión crucial: a saber, que si una gran porción de humanidad ya no puede ser representada dentro del estado-nación, lenta e irrevocablemente la mayoría de nosotros terminaremos por convertirnos en el otro, en la alteridad pura que propone el concepto de nuda vida de Agamben. Esta transformación está teniendo lugar de maneras insospechadas, como veremos en el último capítulo.


  1. Agamben, “We Refugees”. Disponible en: https://eutopiainstitute.org/2020/08/giorgio-agamben-we-refugees/  ↩︎
  2. Ibíd. ↩︎

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