Los antiguos historiadores nos presentaban ficciones deliciosas en formas de
hechos; el novelista moderno nos presenta hechos estúpidos a guisa de ficciones.
Oscar wilde, La decadencia de la mentira
En La decadencia de la mentira —un ensayo en forma de diálogo socrático entre Vivian, un romántico, y Cyril, un realista—, Oscar Wilde desarrolla la idea de que el modernismo en las artes implica «pagar un precio monstruoso por un resultado pobrísimo» y ve a las novelas que surgen de este movimiento no solo como la decadencia de la imaginación y la mentira sino de los aspiraciones más elevadas de la literatura. L’art pour l’art en su máxima expresión. Para Wilde el realismo literario equivale a «tomar la librea común de nuestra época por la túnica de las Musas; en vivir, no en la ladera del Monte Sagrado con Apolo, sino en las calles sórdidas y en los horribles suburbios de nuestras viles ciudades. Raza degenerada, hemos vendido nuestra primogenitura por un plato de hechos»1.
Mediante esta romántica y radical posición —una suerte de maniqueísmo estético en el que se debe decidir entre el Arte o la Vida—, Wilde llega a una conclusión similar a la de Ballard (4.7, 9.2, 9.4) pero aproximándose desde el lado opuesto:
Schopenhauer ha analizado al pesimismo; pero Hamlet es quien lo inventó. El mundo se ha vuelto triste porque, en otro tiempo, una marioneta fue melancolía. El nihilista, ese extraño mártir sin fe que sube al cadalso sin entusiasmo y que muere por algo en que no cree, es un puro producto literario. Fue inventado por Turgueniev y perfeccionado por Dostoyevsky. Robespierre salió de las páginas de Rousseau tan ciertamente como el Palacio del Pueblo se levantó sobre los débris de una novela. La literatura se adelanta siempre a la vida. No la copia, sino que la modela a su antojo. El siglo diecinueve, tal como lo conocemos, es en absoluto una invención de Balzac. Nuestros Lucianos de Rubempré, nuestros Rastignaes, nuestros De Marsays hicieron su aparición en la escena de la Comedia Humana. No hacemos más que practicar (con notas al pie de página y con adiciones inútiles) el capricho, la fantasía o la visión creadora de un gran novelista.2
Visto a esta luz, en la época de Wilde la imaginación literaria moldeaba a la realidad. En la nuestra, sin embargo, la realidad y la ficción se han hecho indistinguibles. Y curiosamente no fueron la imaginación y sus ficciones las que nos trajeron hasta aquí, fue el realismo que tanta desconfianza le inspiraba al personaje de Wilde. En cuestión de un siglo nos hundimos en una forma de realismo mediático que derivó su ímpetu de su antecesor literario. Una forma de realismo que al cubrir cada vez más territorio terminó por hiperrealizarce (9.4).
Una análisis de fenómeno de la telerrealidad nos permitirá ver que en efecto hemos vendido nuestra primogenitura —el derecho a una realidad consensual claramente delimitada de la ficción—, por un “plato de hechos”.
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