«El respeto constituye la pieza fundamental para lo público» dice Byung-Chul Han, y por ello «donde desaparece el respeto, decae lo público».
La decadencia de lo público y la creciente falta de respeto se condicionan recíprocamente. Lo público presupone, entre otras cosas, apartar la vista de lo privado bajo la dirección del respeto. El respeto es constitutivo para el espacio público. Hoy, en cambio, reina una total falta de distancia, en la que la intimidad es expuesta públicamente y lo privado se hace público. Sin distancia tampoco es posible ningún decoro. También el entendimiento presupone una mirada distanciada. La comunicación digital deshace, en general, las distancias. La medialidad de lo digital es perjudicial para el respeto. Es precisamente la técnica de aislamiento, como en el Ádyton [el espacio completamente cerrado hacia fuera en el templo griego], lo que genera veneración y admiración.1
Dos cosas se desprenden de este fragmento: en primer lugar, la abolición de la distancia y, por consiguiente, del respeto no es exclusivo a los medios digitales. Es una tendencia que ha venido gestándose durante largo tiempo. La iteración anterior del establecimiento mediático ya había sido eficaz obliterando las distancias; en efecto, lo digital solo ha elaborado y reforzado el menguante respeto de la televisión y la radio por la privacidad. No obstante, los medios tradicionales, aunque reducen considerablemente las distancia, son medios en el sentido estricto del término, es decir son un espacio entre dos extremos (emisor-medio-receptor). Los medios digitales, más que un medio son un umbral, una zona de indistinción en la que todos somos emisores y receptores simultáneamente. A lo largo de este capítulo veremos como los medios tradicionales se han reducido a un umbral que tiene todas las características del lugar terrible.
Por otra parte, Han argumenta que «la falta de distancia conduce a que lo público y lo privado se mezclen». Dado que lo público y lo privado corresponden a las imágenes de lo interior y lo exterior en el nivel social, esta confusión, como vimos a través de la obra de J.G. Ballard, implica una inversión entre el adentro y el afuera que tiene lugar en la figura de la celebridad (4.4, 4.5, 4.8, 4.10). A su vez, esta indistinción de lo exterior, la realidad consensual, y lo interior, la subjetividad individual, conduce a una inevitable confusión entre realidad y ficción. La visión de Ballard del mundo exterior como «el sueño en vela que ahora constituye la realidad cotidiana» (4.7) es una imagen precisa de nuestro actual paisaje mediático, un locus terribilis que como, cualquier umbral, no está ni fuera ni dentro de nosotros.
- Han, En el enjambre, 13-14 ↩︎
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