Al año siguiente del estreno de An American Family, la BBC lanzó su propio experimento titulado The Family, con los Wilkins, una familia de clase trabajadora de Reading, que culminó luego de 12 episodios con el matrimonio de una de las hijas, que estuvo atestado de paparazzis y fanáticos del show. La fama de los recién casados fue tal en los medios del momento que tuvieron que hacer de lado su luna de miel y regresar a su ciudad; un ejemplo clásico de la fama instantánea y libre de talento que caracteriza al género.
De ahí en adelante, los programas de telerrealidad empezaron a proliferar a ambos lados del Atlantico: Living in the Past (Reino Unido, 1978) en el que tres parejas se ofrecieron a recrear una aldea inglesa de la edad de hierro; Real People (E.E.U.U, 1979), un programa de panel en el que se entrevistaban a personas “reales” en vez de celebridades; Thrill of a Lifetime (Canadá, 1981) en el que se cumplían los sueños de gente del común; COPS (E.E.U.U, 1989), que inició el reality policial e introdujo el uso de cámaras de video portátiles al género; Nummer 28 (Holanda, 1991) en el que siete extraños, todo estudiantes, eran llevados a vivir en una casa por meses para grabar los dramas que surgían de la convivencia. El formato de este show fue el origen de otros programas posteriores como The Real World de MTV (1992) y la franquicia Big Brother que se originó en Holanda (1999). Al género se suman las decenas de talkshows como Jerry Springer, Ricky Lake y Laura en América, programas de talento como American Idol y The Voice, shows de supervivencia, cocina, danza, familias disfuncionales, modelos y celebridades; así como shows de supervivencia, cocina, danza y familias disfuncionales con celebridades.
Pero el realismo llevado al extremo va en detrimento de la imaginación y del arte como representación, y una terrible aridez aqueja a estos personajes. Ya a finales del siglo XIX, Oscar Wilde había notado esta tendencia en el melodrama inglés de su época:
los personajes de estas obras hablan en escena exactamente lo mismo que hablarían fuera de ella; no tienen aspiraciones ni en el alma ni en las letras; están calcados de la vida y reproducen su vulgaridad hasta en los menores detalles; tiene el tipo, las maneras, el traje y el acento de las gente real… Y ¡qué aburridas son estas obras!1
Es cuando menos sorprendente que la descripción de Wilde caiga como anillo al dedo para los protagonistas de la telerrealidad (9.7). Efectivamente, vivimos en una imponente y mediocre novela realista.
- Oscar Wilde, “La decadencia de la mentira” en Obras Completas, 977-78. ↩︎
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