Luego de un poco de resistencia inicial, esta clara invasión de lo público en lo privado dejó de ser percibida como tal y se asumió como una oportunidad para exhibirse y darse a conocer, para conseguir los llamados “15 minutos de fama” (9.8). El funcionamiento de esta forma de exhibicionismo mediático requiere de la aparición de una nueva clase de voyeurismo, no necesariamente sexual, que Clay Calvert profesor de comunicación de la Universidad de Pennsylvania, definió como voyeurismo mediado:
al consumo de imágenes reveladoras e información sobre las vidas aparentemente reales y espontáneas de los demás, a menudo, aunque no siempre, con fines de entretenimiento, pero frecuentemente a expensas de la privacidad y el discurso, a través de los medios de comunicación de masas y del Internet.1
Esta nueva forma de voyeurismo —que no solo quiere apreciar la fama sino también abarcarla—, está en la raíz de los medios de comunicación tradicionales entendidos como un umbral, un lugar terrible. La falta de distancia entre el espectador y el espectáculo (9.1, 9.2, 9.5, 9.6) implícita en el voyeurismo mediado no solo devalúa a la privacidad, simultáneamente altera la interacción humana y la capacidad de discusión entre los individuos. «La cultura del voyeurismo mediado se caracteriza por una serie de atributos», dice Calvert, «valora la observación por encima del discurso, sacrifica la intimidad para el disfrute y la iluminación de los demás, y exige protección para la recopilación, a menudo agresiva e invasiva, de imágenes visuales e información.2
Pero aún más importante, el voyeurismo mediado nos distancia de las personas expuestas en la televisión. Nosotros aquí y ellos allá, al otro lado de la pantalla. Se han convertido en un nuevo tipo de “otro” que podemos observar desde la lejanía sin comprometernos, y que sin embargo es extremadamente cercano y asequible. Una alteridad cuya esencia no descansa simplemente en “no ser de la casa” (0.24) sino en el hecho de ser asumido como algo simultáneamente cercano y lejano, que reconocemos como propio y que sin embargo nos desconcierta constantemente. Esta nueva alteridad está definida por tener lugar exclusivamente en el umbral hiperreal de los medios de comunicación (9.5). El “otro” no es simplemente al que vemos en la pantalla, es aquel que ha empezado a habitar en una representación que reclama cada vez más territorio para sí. El otro somos todos.
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