En el 2007 publiqué una novela titulada ¡Caviativá! o como desaparecer completamente con la que nunca he estado completamente satisfecho. No obstante, este texto estéticamente inmaduro y que le debe mucho a autores norteamericanos como Chuck Palahniuk y Hunter S. Thompson, me ha dado algunas sorpresas a lo largo de los años. El libro cuenta la historia de Nicolás Silva, un aburrido cool hunter y rebelde de clase alta que se ve irremediablemente atraído a una secta cristiana que tiene un plan muy extraño entre manos. Para empezar, Jaime Caviativá, el pastor de la congregación, asegura que el mundo ya ha terminado:
y así, perdidos de la mano de nuestro padre, hundidos en el desencanto y el éxtasis hemos sobrevivido al Apocalipsis sin darnos cuenta. Hemos sobrepasado nuestro destino sin un rasguño. Pero que digo, ¿un milagro?, ¿un milagro haber sido eximidos de un juicio inminente? No, una aberración, una anomalía que debe ser corregida lo más pronto posible […] —No vivimos en nuestro destino, ese es nuestro único pecado, vivimos en una distorsión maléfica.1
Poco después se hace aparente que la secta está planeando un suicidio colectivo muy particular. Según el pastor, el fuego en el que se van a inmolar le dará «luz eterna sus cuerpos y vida eterna sus portadores». Sin embargo, los cuerpos en cuestión no son los cuerpos de los miembros de la congregación: son cadáveres robados de una morgue que los van a suplantar durante el ritual en el que morirán para el mundo —la distorsión maléfica—, y nacerán al reino de dios.
Mientras releía partes de la novela hace unos meses algo llamó mi atención: el núcleo argumental del libro es un evento en el que se sacrifica un cuerpo cualquiera que es unido a la fuerza con la identidad social del individuo (su bios), para que el ser verdadero (su zoé) se vea liberado de un mundo que, bajo una lógica gnóstica, es considerado falso y espurio. Dado que el ritual quema y purifica la bios, entendida como vida social y política, para convertirla en zoé, la vida en su sentido más básico, ¡Caviativá! invierte el escenario jurídico que sirve de base al locus terribilis.
El resultado del ritual, como en el caso del devotus (0.12), es un “muerto viviente” que, idealmente, debería habitar un umbral perpetuo entre la vida y la muerte, desapareciendo completamente del ordenamiento social y político.2 No obstante, poco después del suicidio colectivo se hace evidente que los restos de los cadáveres quemados no concuerdan con las cédulas encontradas en la sede de la congregación y se revela el macabro mecanismo de sacrificio vicario e inmortalización. En último término, el suicidio descrito en la novela es otro lugar terrible, un umbral que al ser incapaz de escapar de su propia ambigüedad se convierte en una prisión más.
- Mauricio Loza, ¡Caviativá! O como desparecer completamente, 135. ↩︎
- En efecto, la similitud entre el ritual del devotus y el suicidio colectivo de ¡Caviativá! van más allá de producir un “muerto viviente”: en ambos se efectúa un sacrificio de consagración —a los manes en el primer caso y al reino de dios en el segundo—, y en ambos el “medio” del ritual es una imagen, el signum en el caso del devotus y el cadaver en el caso del suicidio. ↩︎
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