La imagen de Salomón como un soberano sentado en un trono de marfil recubierto de oro contrasta abiertamente con la del rey sabio, moderado y justo que era capaz de satisfacer a todas las partes de una disputa. Dicha disparidad produjo una serie de interpretaciones del Cantar de los cantares, comúnmente atribuido a él (0.3). Una de estas toma al poema como una sencilla historia de amor entre Salomón y la Sulamita, mientras otra, mucho más interesante, asume un triángulo amoroso: el amor de la Sulamita por un pastor y los vanos intentos del rey Salomón por conquistarla.
En esta interpretación los hermanos de la muchacha están enojados porque el joven pastor que ella ama la ha invitado a dar un paseo. Como castigo hacen que cuide los viñedos de la familia, una tarea que la lleva cerca del campamento de Salomón, que al verla se enamora de ella y hace que la lleven a su tienda. Una vez allí, el rey intenta seducirla adulando su belleza y prometiéndole tesoros. «¡Qué lindo es tu cuello entre los collares de perlas!» exclama Salomón,
¡Te haremos pendientes de oro con incrustaciones de plata!1
Esta ofrenda de oro —aunque con algo de plata (1.10)—, nos muestra el momento de transición del locus amoenus al locus terribilis, del amor puro de la muchacha por el pastor, que tiene lugar en la naturaleza, al amor que el soberano quiere imponerle y que tiene lugar en su campamento, un paradeisos. Es a través de la aspiración a las nupcias, que Salomón podría convertir a la Sulamita en una presa de su corte y una víctima de la excepción originaria (0.17).
- Cantares, 1:10-11 ↩︎
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