En La pasión, considerada como una carrera de bicicletas cuesta arriba (1903), Jarry aborda la secularización, y banalización, propia de la modernidad con juguetona franqueza, transformando una de las escenas más solemnes del imaginario cristiano en un evento deportivo parecido al Tour de France:
Barrabás estaba inscrito, pero no fue de la partida.
El starter Pilatos, sacando su cronómetro a agua –o clepsidra–, lo que le humedeció las manos (a no ser que simplemente hubiera escupido en ellas) dio la señal de partida.
Jesús arrancó a toda velocidad.
En aquel tiempo, según el buen cronista deportivo San Mateo, estaba muy difundida la costumbre de flagelar a los sprinters antes de la largada, así como hacen los cocheros actuales con sus hipomotores. El látigo es a la vez un estimulante y un masaje higiénico. Bajo su efecto, Jesús partió muy en forma, pero en seguida pinchó un neumático. Las espinas que se hallaban sembradas en la ruta acribillaron todo el contorno de su rueda delantera.
Luego de pinchar, Jesús se monta el marco de su bicicleta al hombro, su cruz, y continúa el resto de la cuesta del Gólgota a pie. La idea de la pasión de Cristo como un recorrido cuesta arriba recuerda la idea de anábasis, el ascenso del inframundo, que equivale al acto de salir de un laberinto (0.5, 1.2, 1.3). En efecto, al final de la carrera Jesús está empatado con los dos ladrones. «Se sabe también que continuó la carrera por los aires», nos dice Jarry, «pero esto escapa nuestro tema».
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