§ 3.1. Un dictador dandy

Aunque las revistas me dieron muy buenos momentos, la verdadera educación emocional que obtuve de ellas fue el contenido editorial. Difícil de creer, lo sé, pero en ese entonces Playboy estaba en un liga completamente diferente. Me revista favorita (septiembre del 76) tenía el primer capítulo, en exclusiva, de Slapstick de Kurt Vonnegut, una investigación a profundidad sobre de los algunos aspectos más oscuros del escándalo de Watergate y un serie de fotografías de Helmut Newton inspiradas en La señorita Elsa de Arthur Schnitzler. Entonces me era difícil saber si el contenido realmente necesitaba el empujón de las modelos desnudas (algo que no objetaba en absoluto) o si ellas, después de décadas, se habían convertido en una excusa. Los años me aclararon el asunto: siempre se trató de un caso de estilo por encima de sustancia. Pero en qué se ha convertido el estilo sino en la sustancia misma, el crisol donde se funde ética y estética (2.3).

En la misma revista, unas páginas antes del afiche de Miss Septiembre, encontré una entrevista que Cameron Crowe le había hecho a David Bowie. Debí leerla docenas de veces y, a decir verdad, entendí más que las ironías patafísicas de Jarry. Las respuestas de Bowie dandi y esteta consumado—, eran rápidas e ingeniosas, parecía tan distante como carismático. Para entonces solo había escuchado Queen Bitch y otro par de canciones de Hunky Dory. Quedé enganchado.

Bowie entendía a la perfección su condición de dandi-mercancía (2.10); estaba dispuesto a convertirse en un objeto. Un pasaje de la entrevista: 

[…] lo que hice con Ziggy Stardust fue un paquete totalmente creíble, un cantante plástico de rock and roll, mucho mejor de lo que los Monkees jamás hubieran podido fabricar. Me refiero a que mi rockero plástico era mucho más plástico que el de cualquier otro. Y eso era lo que se necesitaba en ese momento. Y que se necesita todavía. La mayoría de las personas todavía quieren que sus ídolos y dioses sean poco profundos, como juguetes baratos. ¿Por qué crees que los adolescentes son como son? Andan por ahí como hormigas, mascando chicle y revoloteando con cierto estilo de vestir por un día; esa es la profundidad que quieren alcanzar. No es de extrañar que Ziggy haya sido todo un éxito.1

Digno heredero de Oscar Wilde, la fórmula del éxito de Bowie siempre fue: “lo importante es que hablen de uno, aunque sea bien.” De esta entrevista siempre me intrigó un comentario en particular. Cuando Crowe le pregunta: «muchas veces has dicho que crees firmemente en el fascismo. Sin embargo, también afirmas que algún día te postularás para el Primer Ministro de Inglaterra. ¿Más manipulación mediática?», Bowie responde de manera cansina:

BOWIE: Dios, todo es una manipulación mediática. Me encantaría entrar en la política. Lo haré algún día. Me encantaría ser primer ministro. Y sí, creo firmemente en el fascismo. La única manera en que podemos acelerar el tipo de liberalismo que está en el ambiente en este momento es acelerar el progreso de una tiranía de derechas, totalmente dictatorial, y salir del asunto lo más rápido posible. Las personas siempre han respondido con mayor eficiencia bajo un liderazgo de regimiento. Un liberal pierde el tiempo diciendo: “Bueno, ahora, ¿qué ideas tenéis?” Muéstrales qué hacer, por el amor de Dios. Si no lo haces, nada se hará. No soporto a la gente que se la pasa por ahí sin hacer nada. La televisión es el fascista más exitoso, sobra decir. Las estrellas de rock también son fascistas. Adolf Hitler fue una de las primeras estrellas de rock.2

«Adolf Hitler fue una de las primera estrellas de rock». Guardé la frase en algún lugar en mi cerebro y finalmente la comprendí unos años después cuando vi El triunfo de la voluntad de Leni Riefenstahl en la universidad. Aparentemente Bowie había visto lo mismo:

CROWE: ¿Cómo es eso?

BOWIE: Piénsalo. Observa algunas de sus películas y mira como se mueve. Creo que era tan bueno como Jagger. Es asombroso. Y, te digo, cuando subía al escenario, de verdad que sabía trabajar al público. ¡Dios santo! No era un político. Era un artista mediático. Usó la política y la teatralidad y creó esta cosa con la que gobernó y controló el espectáculo durante 12 años. El mundo nunca verá algo semejante. Convirtió al país en un escenario.3

Un mirada atenta a cualquier concierto de Bowie de esa época revela la fuente de sus trucos. Como el Führer está rebosante de energía, siempre a punto de explotar, sus movimientos son elegantes y fluidos pero cuidadosamente coreografiados, su concentración casi sobrehumana.

BOWIE: … La gente no es muy brillante que digamos. Dicen que quieren libertad, pero cuando tienen la oportunidad, pasan de Nietzsche y eligen a Hitler, porque él sabía como entrar a una habitación marchando, con música y luces que se encienden en momentos estratégicos. Eso era como un concierto de rock and roll. Los chicos se emocionaban mucho–las chicas se ponían calientes y sudorosas y los chicos deseaban estar en su lugar. Eso, para mí, es la experiencia del rock-and-roll.4

Resulta ser que no era la primera vez que Bowie hablaba públicamente sobre Hitler. En una entrevista de Rolling Stone en 1975 con Cameron Crowe (otra vez), el Thin White Duke empieza a irse por la ramas:

Me enamoré de Ziggy también. Era bastante fácil obsesionarse día y noche con el personaje. Me convertí en Ziggy Stardust. David Bowie salió por la ventana. Todos me convencieron de que era un Mesías, especialmente en esa primera gira por Estados Unidos. Me perdí irremediablemente en la fantasía. Podría haber sido Hitler en Inglaterra. No habría sido difícil. Solo los conciertos dieron tanto miedo que incluso los periódicos decían: “Esto no es música rock, ¡esto es maldito fascismo! ¡Hay que hacer algo!” Y tenían razón. Fue increíble. En ocasiones lo pienso… creo que podría haber sido un muy buen Hitler. Sería un excelente dictador. Muy excéntrico y bastante loco.5

Sobra decir que desde su llegada a Los Angeles Bowie estaba consumiendo cantidades alarmantes de cocaína, vivía en un estado constante de paranoia y creía que Jimmy Page de Led Zeppelin —con quien había peleado recientemente—, le había hecho un maleficio. Incluso llegó a alucinar, en medio de la entrevista, que un cuerpo caía del cielo de Los Angeles. Había desarrollado una fascinación por Aleister Crowley, Charles Manson y la búsqueda del Santo Grial de los Nazis; su personaje de Thin White Duke era parte expresionismo alemán (a la Fritz Lang), parte frío intérprete de cabaret. Acerca de su tiempo en el umbral entre la realidad y la alucinación, Bowie afirmó no recordar haber grabado su álbum Station to Station. Incluso si le achacamos su obsesión con el fascismo y el ocultismo a las drogas, Bowie estableció la relación básica entre el dictador y la estrella de rock: su modus operandi a la hora de manipular a las masas es idéntico. ¿Que se puede decir?, tal vez que «la paranoia es solo la realidad en una escala más fina».6

La obsesión de Bowie con el nazismo comenzó a disminuir luego de que «a principios de abril de 1976, de regreso de Moscú con Iggy Pop, fuera detenido por oficiales de aduanas en la frontera ruso/polaca cuando se encontró en su poder un escondite lleno de souvenirs nazis».7 Más tarde ese año, buscando desintoxicarse, se mudó a Europa y se estableció en Berlín Occidental, otro lugar liminar. De su tiempo en Los Angeles, dijo: «deberían borrar el maldito lugar de la faz de la tierra».


  1. Cameron Crowe, “David Bowie: an outrageous interview with the actor, rock singer and sexual switch-hitter”, Playboy Magazine, Septiembre, 1976, 64. ↩︎
  2. Ibíd., 68. ↩︎
  3. Ibíd. ↩︎
  4. Ibíd., 70. ↩︎
  5. Cameron Crowe, “David Bowie: Rolling On to Rule the World,” Rolling Stone, Febrero, 1972. ↩︎
  6. Strange Days. Dirigida por Kathryn Bigelow. Los Angeles: Lightstorm Entertainment, 1995. ↩︎
  7. David Buckley, Strange Fascination, 250. ↩︎

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