§ 4.14. La función conceptual de Reagan

Ya no hay ninguna diferencia entre lo político y el show business: solo la performance nos convence de que el candidato es de buena fe.

Arthur Miller acerca de su libro Ces comédiens qui nous gouvernent

El mismo año que publicó por primera vez Plan para el Asesinato de Jacqueline Kennedy Ballard escribió otra pieza llamada Por qué quiero cogerme a Ronald Reagan. Para entonces el ex-actor recién se había convertido en el gobernador de California y empezaba a encantar a las masas estadounidenses. En esta pieza Ballard monta la apariencia de un estudio psicológico de Reagan en el cual se compara de la reacción de varios sujetos al rostro del gobernador en comparación con el de otros políticos y estrellas:

Algunos estudios de las películas de Ronald Reagan revelan patrones característicos de tono facial y de musculatura asociados con un comportamiento homo-erótico. La tensión continua de los esfínteres orales y rol recesivo de la lengua concuerdan con estudios previos sobre la rigidez facial (cf. Adolf Hitler, Nixon). Las películas caseras en cámara lenta de discursos de campaña ejercieron un marcado efecto erótico en un público de niños espásticos. Incluso se encontró que el material tenía un efecto mínimo en las personas adultas, como lo demostró la sustitución con una cinta editada en la que se daban opiniones diametralmente opuestas sonora por otra con opiniones diametralmente opuestas. Películas similares con imágenes rectales revelaron un brusco aumento de fantasias antisemíticas y sobre campos de concentración.1

Una vez más, vemos a la estrella de Hollywood fundiéndose con la figura del soberano/dictador (3.1). Con su brutal lucidez, Ballard se percató de algo que puede verificarse en casi todos los discursos de campaña de Reagan: «En sus comerciales […] utilizaba los tonos uniformes y perfectamente apuntados del vendedor de autos televisivo, para proyectar un mensaje político que era el opuesto absoluto de agradable y tranquilizador. Había una falta de continuidad entre los modales y el lenguaje corporal de Reagan, por un lado, y su mensaje de extrema derecha, siniestramente simple, por el otro. Sobre todo, entendí que Reagan era el primer político que explotaba el hecho de que su público televisivo no estaba escuchando con mucha atención lo que estaba diciendo […]».2 El único momento en que las actitudes corporales de Reagan son completamente congruentes con el contenido de sus alocuciones es cuando cuenta sus famosos chistes con el carisma de un actor bien entrenado. A diferencia de Beau Brummell, sus maneras ya no conjugan afuera y adentro, el cuerpo y el espíritu (4.5), se han convertido en el intersticio de donde surgen las mentiras y desaparece la verdad.3

Ballard aborda el papel de Reagan como una máscara de la soberanía (1.14, 1.17) en el siguiente fragmento:

El papel conceptual de Reagan. Se usaron fragmentos de las posturas cinétizadas de Reagan en la elaboración de psicodramas modelos en los cuales su figura interpretaba los papeles de esposo, doctor, corredor de seguros, consejero matrimonial, etc. El fracaso es estos papeles para expresar algún sentido revela el carácter no funcional de Reagan. Su éxito, por lo tanto, es indicativo de la necesidad periódica de la sociedad de reconceptualizar a sus  líderes políticos. De este modo, Reagan se presenta como una serie de conceptos posturales, ecuaciones básicas que reformulan las funciones de agresión y analidad.4

Sin importar cuán defectuosa o artificial fuera la apariencia de Reagan a fines de los años sesenta, para el final de la siguiente década el publico estadounidense ya había re-conceptualizado su idea de líder y el ex-gobernador estaba de camino a la Casa Blanca. La agresión, analidad y, sobre todo, la simplicidad de su mensaje tuvieron mucho que ver con su triunfo en las elecciones presidenciales de 1980. Según una encuesta de Gallup del 2004, su popularidad mejoró sustancialmente en los años posteriores a su gobierno. 

En sus notas, Ballard comenta que en 1968 Bill Butler, un poeta estadounidense que tenía una librería en Brighton, publicó esta pieza como un folleto separado, después de lo cual su establecimiento fue allanado y se le acusó de vender material obsceno (entre las pruebas del juicio estaban obras de Burroughs y Bataille). «Se montó una campaña de defensa», dice Ballard, «y acepté presentarme como testigo. Mientras me preparaba, el abogado defensor me preguntó la razón por la qué creía que Por qué quiero cogerme Ronald Reagan no era un texto obsceno, a lo cual tuve que responder que, por supuesto, era obsceno, y que esa era su intención. Entonces preguntó ¿por qué su tema central no era la sexualidad de Reagan? Una vez más tuve que afirmar que lo era. Finalmente, el abogado dijo: “Señor Ballard, usted sería un muy buen testigo para la fiscalía. No lo vamos a llamar”».5 Para Ballard este cuento siempre fue un ataque frontal al ex-actor y político.  


  1. Ballard, La exposición de atrocidades, 170. ↩︎
  2. Ibíd. ↩︎
  3. En efecto, en los comentarios a la edición de RE/Search de La exhibición de atrocidades, Ballard describe a Reagan como un vacío, «una personalidad que asemeja a un escenario desierto, a través de la cual se mueven figuras caricaturescas, mataharis, o demonios del imperio del mal, manipulados por otros mucho más ambiciosos que él. Muchas personas han comentado su completa falta de ideas y su confusión entre la ficción y la realidad en sus torpes remembranzas de viejas películas de Hollywood. Pero la verdadera amenaza de Reagan es el ejemplo convincente que le ofrece a los futuros actores de cine y manipuladores de medios de comunicación con ambiciones presidenciales…» un comentario especialmente urgente y relevante en estos tiempos difíciles. ↩︎
  4. Ibíd., 171. ↩︎
  5. Ibíd., 170-71 ↩︎

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