§ 5.14. Genealogía (3)

She’s got a paradise camouflage

Like a whip-crack sending me shivers

She’s the boat in a strip mine ocean

Riding low on the drunken rivers

She’s alone in the new pollution

She’s alone in the new pollution

Beck, The New Pollution

Entendida como la intersección entre el mundo de lo humano y lo inhumano, entre la obra de arte y la mercancía (2.13), la celebridad se configura como el soberano indiscutible de nuestro tiempo; el dictador blando del imperio secular del comercio. Los medios de comunicación ofrecen constantes oportunidades de constatar esta circunstancia, pero ninguna tan evidente como la fiesta ofrecida anualmente por el instituto del vestido del Museo Metropolitano de Nueva York, más conocida como Met Gala. En efecto, el tema de la gala del 2018, bautizada Heavenly Bodies: Fashion and the Catholic Imagination, nos permite apreciar las tensiones que configuran a la figura del soberano/mercancía dentro del contexto de la hipersecularización. 

Una breve genealogía de la moda, la celebridad —y la secularización—, que termina en la Met Gala del 2018 (1.12, 4.5, 4.12):

Estos son los descendientes Christian Dior, Pierre Balmain y Coco Chanel, hijos de Cristóbal Balenciaga, que después de la Segunda Guerra Mundial tuvieron sus propios hijos. Dior, Balmain y Chanel tuvieron a Hubert de Givenchy, Valentino Garavani, Yves Saint Laurent, Oscar de la Renta y Carolina Herrera, que a su vez tuvieron a Gianni Versace, Jean Paul Gaultier, Dolce & Gabbana y John Galliano.

Un día, durante la primera administración Trump, Dior cosió un vestido con una corona y un velo negro para Cara Delevingne. Balmain cosió un vestido de cola con una cruz de canutillos para Jennifer Lopez. Chanel cosió un vestido de velo blanco para Anna Wintour, la anfitriona de la gala. Givenchy cosió un vestido negro transparente con un halo grafito para Lily Collins. Valentino cosió un vestido rojo con una tiara de espinas para Anne Hathaway. Yves Saint Laurent cosió un vestido de encaje negro para Zoe Kravitz. Oscar de la Renta cosió un vestido virginal con mantilla para Kate Bosworth y un vestido en degradé negro-rojo para Nicki Minaj. Carolina Herrera cosió un vestido rojo con un halo dorado con múltiples rayos para Amber Heard. Ralph Lauren cosió un vestido beige con diseño floral acompañado de un halo circular dorado para Rosie Huntington-Whiteley. 

Versace cosió un vestido-armadura en cota de malla para Zendaya y un vestido dorado con alas de ángel para Katy Perry. Jean Paul Gaultier cosió un vestido negro con una cruz transparente en el pecho, un velo de malla y una corona de cruces para Madonna. Dolce & Gabbana cosió un vestido dorado con corazones rojos y un pesebre empotrado en una tiara descomunal para Sarah Jessica Parker. Galliano cosió un vestido-abrigo con una mitra papal para Rihanna.

Perdidos en esta “nueva polución”, estos soberanos mediáticos intentan una paradójica hazaña: acercarse el sustrato religioso de la soberanía —cuya naturaleza es ajena a la soberanía moderna—, sin banalizarlo. Por supuesto, el resultado de esta operación es la apropiación y transformación de símbolos religiosos en una mercancía más.

La conjunción de moda y catolicismo tiene una referente inmediato en el imaginario pop de Occidente: Madonna. Como era de esperarse, la Reina del Pop estuvo a cargo del show central de la noche. El concierto —que giró en torno a Like a Prayer, hit de 1989 que provocó un escándalo por sus connotaciones eróticas raciales y religiosas—, se centró en su transformación de monje encapuchado que, al despojarse de su hábito, se transforma en una guerrera-virginal (Juana de Arco) que lleva una corona de espinas, un corpiño blanco y un brazo de armadura y cota de malla. Una sorprendente combinación que, al pelar las capas de la soberanía, por decirlo de algún modo, resalta dos de sus aspectos: el de guardián de la tradición y el guerrero interior. Estas capas revelan toda una constelación de polaridades implícitas en la idea de soberanía: interior/exterior, superficie/núcleo, masculino/femenino, sagrado/profano, manso/airado, social/individual. 

En su papel como una de las soberanas-mercancía más importantes de los últimos cuarenta años, la Reina del Pop hace una síntesis de la evolución de la soberanía occidental, centrada en su paso de lo religioso a lo secular y de lo colectivo a lo individual.

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