La reciprocidad entre el humano y el animal empezó a desvanecerse gradualmente con la aparición de la agricultura y la domesticación durante el neolítico. La domesticación de animales silvestres en particular, nos dice Berman, alteró la relación entre el yo y el otro y «creo un efecto aplanador en una dirección, y un efecto de elevada oposición en la otra. La parte “amistosa” del reino animal empezó a perderse casi completamente de vista, en tanto que la “hostil” se destacó en rígido relieve». Yo y otro empezaron a dividirse. A partir de este momento las criaturas híbridas de la mitología empezaron a resultar más y más inquietantes para el humano y animales como los reptiles y anfibios, y particularmente las serpientes, adquirieron un estatus simultáneamente amenazante y sagrado. Es en esta experiencia, en el encuentro con «eso que es no-yo pero que está en perturbadora resonancia con algo dentro de mí» donde podemos constatar el inicio de la represión y la aparición del inconsciente. La repuesta a la pregunta: ¿es la soberanía y sus lugares terribles una configuración patológica que surge de una división defectuosa entre el yo y el mundo? (4.10) es sí, siempre y cuando se considere a la represión como una manifestación primigenia de una “patología” que divide al humano del mundo y, por tanto, separa al mundo en polaridades yo/otro, adentro/afuera.
En efecto, Freud asocia el retorno de lo reprimido con un sentimiento llamado unheimlich —comúnmente traducido como lo ominoso—, que significa literalmente “no doméstico”, (del alemán heim, “casa, hogar”). Unheimlich evoca un sentimiento de terror cuando el individuo se enfrenta no a «algo nuevo o ajeno, sino algo familiar de antiguo a la vida anímica, sólo enajenado de ella por el proceso de represión»1. Así pues, es en el retorno del “otro” —esa parte animal que es no-yo pero que está en perturbadora resonancia con algo dentro de mí—, donde encontramos el origen del inconsciente.
Respecto a la domesticación, el sentido original del verbo domar, del latín domare, era forzar un animal salvaje a entrar al mundo humano, una cuestión palpable en su etimología que, según Roberts y Pastor, viene de la raíz protoindoeuropea dem-, “forzar, constreñir”. Relacionada a esta está otra raíz homónima que da lugar al latín domus, “casa”, y a un grupo de palabras que incluyen domicilio, doméstico, dominante, dominio y dominar.2 Dada la relación entre domare y domus, se hace evidente que domar —y dominar—, significa no solo forzar la entrada al mundo humano sino a la casa, que es el dominio del humano que se ha separado del resto del mundo animal. Es traer al hogar humano —domus en latín y heim en alemán—, aquello salvajepara obligarlo a ajustarse a un orden impuesto. Es muy diciente que todo lo que ha sido reprimido y olvidado —es decir, el “otro”, nuestro lado animal—, sea llamado unheimlich, no de la casa. Visto a esta luz, la domesticación fue instrumental en la aparición tanto del inconsciente como de la dinámica del dominio y de la soberanía. Esta cuestión lleva a una importante conclusión: el dominio y la soberanía son actividades cuyo origen y su modo de operación se encuentra más allá del control consciente.
Posterior a la domesticación —a la entrada del animal al dominio humano expresada en la voz domus—, la relación entre el yo y el otro, inicialmente complementaria y polar, se torna antagónica. El humano empieza a reprimir al otro y gradualmente se convierte en enemigo de todo lo que no es yo. Lo que no puede ser dominado y domesticado debe ser cazado o puesto en bando (0.17).
- Sigmund Freud, Lo ominoso, 241. ↩︎
- Actualmente la mayoría de lingüistas separan la etimología que da lugar a domo -are y domus en dos raíces distintas. Sin embargo es importante tener en cuenta que en sánscrito, la lengua más antigua de la familia indoeuropea, la palabra damya, proveniente de la misma raíz, tiene los significados de “domesticado” y “familiar o casero”, lo cual indicaría que ambas raíces probablemente se derivan de un único concepto. (Franco Rendich, Comparative Etymological Dictionary of Classical Indo-European Languages, 242) ↩︎
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