La descripción más completa e imaginativa del Edén —y del drama de la expulsión del estado paradisiaco original—, aparece en El paraíso perdido (1667) de John Milton, uno de los poemas épicos más importantes de la lengua inglesa. Desde luego, en el relato de Milton figuran el manantial y los ríos del Génesis:
Aquella fuente de zafiro hermosa / Y sus bellos arroyos plateados,
Texiendo laberintos intrincados, / Rodando en crespas ondas nectar puro
Baxo ramos frondosos encorvados; / Y como relucientes sus caudales
Sobre el oro y las perlas orientales, / Cada planta visitan obsequiosos,
Y aquellas flores bañan dulcemente / Dignas de el Paraíso solamente!
¡Flores hermosas! ¡pero no encerradas, /
Ni en jardines con arte colocadas!1
Aparte de la presencia de agua y una naturaleza pródiga, otro de los rasgos que atan a la versión de Milton delJardín del Edén bíblico con la idea de paradeisos es su carácter cerrado. Esta característica no es enunciada abiertamente en el Génesis, pero figura tácitamente cuando luego de haber comido del árbol del conocimiento del bien y del mal, Adán y Eva son expulsados del jardín por una abertura al oriente del mismo que parecería su única vía de acceso. Del mismo modo que no se puede “entrar” en lo abierto (0.9), solo se puede “salir” de un lugar cerrado.
En el libro IV, encontramos a Satán admirando el jardín desde lejos, con la intención de pervertir la creación de su eterno oponente:
Así veloz prosigue su jornada / Y de Edén llega presto a los confines
Desde donde registra más cercano / El bello paraíso delicioso
Sobre excelsa montaña, en vasto llano, / Ceñido de un rural seto verdoso
Que al monte coronaba, / La campestre cabeza, que elevaba:
Inhiestos en contorno sus costados, / Defendía su falda la espesura
De malezas, y arbustos intrincados, / Que subir prohibían á su altura;
Más los cedros y abetos elevados / Superiores ostentan su hermosura
Con mil grupos umbrosos / De palmas y otros árboles frondosos;
Que en un grato desorden guarnecían, / Qual en fila ordenados, la pendiente,
Y unas sombras sobre otras largamente / Quanto más ellos suben, descendían;
¡selvosa escena, grande anfiteatro! / Do sencilla desplega la natura
Con magestad su pompa de verdura / De el divino jardín el alto muro
La noble perspectiva terminaba, / Y de atalaya á su señor servía
Para ver de su imperio, en lo profundo, /
La región más feliz del mundo.2
La geografía del Edén ha cambiado sustancialmente, ya no es una llanura húmeda sino algo más parecido a un bosque del norte de Europa, un monte en medio de un vasto llano “ceñido de rural seto verdoso” y rodeado por “un alto muro”. En otras palabras, una fortaleza natural que, en contraste con la agreste llanura circundante, guarda dentro de sí todo lo amigable y necesario para la vida humana, es decir, todo lo que “es de la casa”, que ya ha sido domesticado (0.24). Como concepto político el paraíso bíblico legitima la domesticación convirtiéndola en el estado natural del animal humano, es decir, haciendo de la separación entre yo y otro algo supuestamente natural.
Para el tiempo de Milton, las connotaciones implícitas en la palabra paradeisos ya habían penetrado a fondo en el imaginario occidental. Como los parques persas de cacería, el Edén de Milton es un recinto rodeado por una gruesa pared —hecha de árboles en esta fase primigenia—, un obstáculo natural que pone en evidencia la relación estructural entre el locus amoenus y el locus terribilis (perfectamente expresada en el epígrafe de Rousseau que abre este libro): aquello que te protege bien puede encerrarte, sofocarte y devorarte. La diferencia entre estos dos polos radica principalmente en el carácter voluntario de lo ameno y en lo involuntario de lo terrible. (0.4)
Deja un comentario