La idea de fertilidad y abundancia ilimitadas remiten a una edad de oro previa a la caída de la humanidad; un estado paradisiaco cuyas bases perceptuales y psicológicas abordamos brevemente en el umbral (0.21). Desde luego, si esta idea es legítima también debería figurar en el modelo de donde el pueblo judío tomó buena parte de los mitos que aparecen en el Génesis bíblico: la mitología sumeria y babilónica.1
Dicha influencia sobre el relato presentado en el libro del Génesis hebreo es particularmente patente en un poema sumerio titulado Enki y Ninhursag que tiene lugar en Dilmun, un mítico paraíso concebido y habitado por los dioses; un locus pacífico y libre de enfermedad:
En Dilmun […] El león no mata
El lobo no se apodera del cordero,
Desconocido es el perro salvaje, devorador de cabritos.
Desconocido es el – – – -, devorador de grano.2
Nótense la similitud de estas lineas a «y no temerán los ganados a los corpulentos leones» de la cuarta Bucólica de Virgilio (0.2) y a Isaías 11:1-6. En pocas palabras, en Dilmun no hay animales salvajes y amenazantes; es como si todo ya hubiera sido domesticado. El poema continua diciendo:
Aquel que tiene mal en los ojos no dice:
«tengo mal en los ojos»;
Aquel que tiene mal en la cabeza no dice:
«tengo mal en la cabeza»:
La vieja no dice: «Soy una vieja»;
El viejo no dice: «Soy un viejo».3
El paraíso sumerio de Dilmun es un lugar libre de enfermedad donde nadie envejece; un lugar fuera del tiempo (4.11, 5.15). Sin embargo, según Enki —uno de los protagonistas del poema y dios sumerio del agua—, algo hace falta en este locus amoenus: agua dulce. Por lo tanto, ordena «a Utu, el dios del sol, que haga surgir agua fresca de la tierra para regar abundantemente el suelo. Dilmun se transforma así en un ubérrimo jardín, en el que los huertos alternan con las praderas»4.
Desde luego, el relato bíblico coincide con la presencia de agua en el paraíso sumerio que, como hemos visto, es fundamental tanto a la definición hebrea de Edén y la griega y persa de paradeisos. En Génesis 2:4-6 encontramos:
Cuando Dios el Señor hizo el cielo y la tierra, aún no había plantas ni había brotado la hierba, porque Dios el Señor todavía no había hecho llover sobre la tierra, ni había nadie que la trabajara. Sin embargo, de la tierra salía agua que regaba todo el terreno. (Dios Habla Hoy)
A estos versículos le siguen una descripción de la geografía del Paraíso Terrenal (2:10-14):
En Edén nacía un río que regaba el jardín, y que de allí se dividía en cuatro. El primero se llamaba Pisón, que es el que da vuelta por toda la región de Havilá, donde hay oro. El oro de esa región es fino, y también hay resina fina y piedra de ónice. El segundo río se llamaba Guihón, y es el que da vuelta por toda la región de Cus. El tercero era el río Tigris, que es el que pasa al oriente de Asiria. Y el cuarto era el río Éufrates (Ibíd.)
Estas indicaciones apuntan a una conclusión en particular: que «el Dilmun sumerio y el Edén hebraico no eran más que uno en sus orígenes»5. Dilmun-Edén es probablemente el lugar ameno más antiguo, el prototipo de este locus en Oriente Medio. Pero, como todos sabemos, había una serpiente en el jardín.
- Al respecto, el asiriólogo Samuel Noah Kramer advierte que «los sumerios no ejercieron ninguna influencia directa sobre los hebreos, aquéllos habían desaparecido mucho antes de la aparición de estos últimos, pero no hay ninguna duda de que los sumerios influyeron profundamente sobre los cananeos, antecesores de los hebreos en Palestina. Así es como pueden explicarse las numerosas analogías existentes entre los textos sumerios y algunos de los libros de la Biblia». (Kramer, La historia empieza en Sumer, 168) ↩︎
- Kramer, La historia empieza en Sumer, 168. ↩︎
- Ibíd. ↩︎
- Ibíd., 169. ↩︎
- Ibíd., 172. ↩︎
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