Si para una rama de la teología islámica el paraíso había asumido una faceta escatológica y ascendido a las esferas superiores del cosmos (6.5), en el mundo cristiano se mantuvo, hasta entrado el Renacimiento, que el Paraíso seguía siendo estrictamente terrenal. Según el historiador Jean Delumeau, hay tres documentos significativos al respecto. El primero, Los viajes de Juan de Mandeville, una compilación de conocimiento geográficos del siglo XII sobre Asia Menor, Oriente Medio, Egipto y Etiopía, en la que reaparecen las características del Edén que hemos visto hasta ahora:
El paraíso es la tierra más alta del mundo y está en Oriente en el comienzo de la tierra. Y es tan alta que llega muy cerca al círculo de la luna por donde la luna da la vuelta. Pues es tan alta que el río de Noé (el Diluvio) que cubrió toda la tierra del mundo por encima y por debajo, no la pudo alcanzar. El paraíso está cercado por un muro… y solo hay una entrada que está rodeada de fuego ardiente donde ningún hombre mortal podría entrar.1
El relato de Mandeville, cuya identidad aún se debate entre la ficción y la realidad, hace parte de una tradición medieval en la que el tácito muro del Edén se transforma, luego de la expulsión de Adán y Eva (6.3), en una enorme pared de fuego. Su situación elevada convierte al paraíso en el lugar de donde «provienen todas las aguas que irrigan el resto del mundo»2. El segundo documento es el Imago Mundi del cardenal Pierre d’Ailly (1351-1420) en que se caracteriza al paraíso terrenal como
un lugar agradable, situado en ciertas regiones del Oriente a la larga distancia por tierra y mar de nuestro mundo habitado […] Está tan alto que toca la esfera lunar y el agua del Diluvio no lo alcanzó […] Las aguas bajan de tan alta montaña forman un gran lago (y) de este lago como de una fuente principal se cree que provienen los cuatro ríos del paraíso.3
El emplazamiento del paraíso terrenal en el límite superior del mundo sublunar, recuerda la ubicación del mismo en la Divina Comedia, justo en el umbral entre el purgatorio y las esferas superiores del cosmos, como también la ubicación de las acrópolis (tanto elevadas como amuralladas) del mundo antiguo (0.27). Por otra parte, en la descripción de d’Ailly encontramos una nueva característica: el paraíso está más allá de un gran cuerpo de agua, una cuestión apenas natural en un mundo cuyas fronteras empezaban a estrecharse a medida que el comercio empezaba a cubrir gran parte del continente euroasiático. Tanto el libro de Mandeville como el Imago Mundi de d’Ailly, se contaban entre los libros preferidos de Cristobal Colón, cuyo descubrimiento de América estuvo motivado por encontrar una nueva ruta al Oriente, sede ancestral del Edén. En el diario de su tercera expedición a América, que lo llevó al delta del Orinoco (y que él tomó por las extremidades de Asia), Colón afirmó haber llegado a las inmediaciones del paraíso:
Todo esto nos da indicios muy claros sobre la cercanía del paraíso terrenal. Su situación es conforme a la opinión de todos los santos y los buenos teólogos. Los signos que se perciben son similares. Nunca había leído ni oído decir que una cantidad tan grande de agua dulce pudiera mantenerse en medio de agua salada y en contacto con ella. La temperatura bastante suave contribuye también a esta creencia. Y si acaso ese río (el Orinoco) no sale del paraíso, esto parecerá todavía más maravilloso pues no pienso que se haya visto en todo el mundo un río tan grande ni tan profundo.4
La opinión de Colón no era en absoluto insensata para su época y, en efecto, en su Historia de las Indias Bartolomé de las casas lo secunda: «hay que concluir que el sitio del paraíso terrenal está localizado en el lugar más elevado de la Tierra y supera todas las otras montañas por más altas que sean. Las aguas del Diluvio no pudieron alcanzarlo»5.
¿Pero fue un paraíso lo que encontró Colón en el continente americano o, más bien, trajo consigo un paradeisos del viejo mundo?
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