La aparente anomalía que pone al paraíso de Milton en la cima de un monte hace parte de una tradición medieval que figura prominentemente en la teología islámica. En su clásico La escatología musulmana en la Divina Comedia (1919), el sacerdote y arabista español Miguel Asín Palacios explica el problema de la localización paraíso en el Islam:
Pasajes del Alcorán, en que se narra algo alterado el relato bíblico, sugería literalmente una localización celestial para el paraíso, confundiéndolo con la eterna mansión de los bienaventurados, con el cielo teológico, con la gloria. Enfrente de esta exégesis otra explicación más acomodada al relato bíblico (si bien no tan coherente con el Alcorán) suponía que aquel paraíso estaba en la tierra, más concretamente hacía su parte oriental, y colocado sobre un lugar altísimo, sobre un montaña, la más alta de la tierra.1
De la primera explicación para la ubicación del paraíso viene la idea Islámica de éste como cielo, en el sentido metafísico de la palabra, expresado en la palabra árabe jannah que significa “jardín” pero se entiende como una superestructura celestial compuesta de doce niveles, el último de los cuales es llamado firdaws, literalmente “paraíso”. Esta configuración funda una tradición en la que el hogar primigenio de Adán y Eva se convierte en la morada última de los justos, donde
habrá ríos de agua incorruptible, de leche inalterable, de bebidas extasiantes que gustarán a quienes las tomen, de miel depurada y toda suerte de frutos, además del perdón del Señor.2
En Occidente, la expresión literaria mejor lograda de la segunda explicación para la ubicación del paraíso figura en La divina comedia que, según Asín Palacios, estuvo profundamente influenciada por el pensamiento sufi, en particular por la tradición mística del Mi’raj presente en la azora 17 del Corán, el viaje nocturno (0.7), que describe el ascenso de Mohammad a las esferas superiores del cosmos. Sobre la ubicación concreta del paraíso, es interesante que en la Comedia ésta aparezca en la cima del monte Purgatorio, en el punto límite que marca el inicio del ascenso al empíreo. En la visión de Dante, el paraíso terrenal ocupa una posición intermedia entre el Purgatorio y el Paraíso celeste, es decir, es el umbral entre el mundo superior y el inferior. Dada la condición liminar del Purgatorio —que no es ni cielo ni infierno sino una zona intermedia de expiación—, dicho umbral también sirve de entrada al mundo inferior (inferi), que puede entenderse como una espiral descendente (laberinto o helter skelter) que va desde el paradeisos y conduce, bajando por las laderas del monte Purgatorio, al infierno (0.5, 1.2, 3.3.3).
En coincidencia con nuestra definición de locus terribilis, el paraíso terrenal de Dante está encima de la entrada superior del Averno (0.4, 0.6, 0.8, 0.9).3
- Miguel Asín Palacios, La escatología musulmana, 161. Dicha ubicación montañosa para el paraíso terrenal, dice Asín Palacios, «tenía la ventaja de no contradecir tanto el relato alcoránico del pecado y consiguiente castigo de nuestros primeros padres; porque si en dicho relato se supone a Dios lanzándolos desde el jardín del paraíso hasta la tierra con la palabra descended, bajad, colocando la paraíso en la altísima cumbre de una montaña terrestre, tales palabras significarían tan sólo que Dios los echó de la cima a la base». (La escatología musulmana, 162). ↩︎
- El Corán, Azora 47:15. ↩︎
- En El reino y el jardín Giorgio Agamben da cuenta de una característica del paraíso terrenal de Dante que atañe a nuestro tema: la “selva oscura” que el poeta encuentra al inicio del poema (0.8) es descrita de un modo similar que la “selva antigua” del Paraíso. Ambas son calificadas con una triple adjetivación, en el caso de la entrada al infierno “esta selva salvaje, y aspera y ardua”, y en el del Paraíso “La divina selva/floresta espesa y viva”. «Es como si Dante quisiera sugerirnos que las dos selvas son en realidad una sola, una vez como lugar de amargura y muerte (“es tan amarga que poco es más muerte”) y otra como lugar de dulzura y de vida (“el aura dulce”, “espesa y viva”). La selva donde el poeta se ha extraviado al inicio del poema, es por tanto, el mismo jardín donde habrá de reencontrarse». (Agamben, El reino y el jardín, 76). Esta cuestión corroboraría el carácter de umbral representado en el locus ambiguus (0.27) de donde surgen tanto el lugar ameno como el lugar terrible. ↩︎
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