La encarnación más clara del paradeisos en el mundo actual es el parque de diversiones. En este espacio, cerrado y colmado de “delicias”, encontramos los elementos básicos del paraíso terrenal: hay agua en la forma de fuentes, caminos con arboledas y abundancia de comidas, bebidas y entretenimientos, en breve, todo lo que podría desearse en cuanto a placer (edén). El parque de diversiones es un terreno sembrado de deseo, en él encontramos todos los placeres que ofrece la sociedad capitalista. En su interior volvemos a ser niños, pero esta infantilización tiene un lado oscuro, pues nos convierte en presas vulnerables a los ataques de nuestros soberanos/cazadores (0.19, 1.18, 3.3.1, 3.3.3).
La línea que lleva del jardín de recreo y el parque de cacería al parque de diversiones está ampliamente documentada. Tal vez el ejemplo más claro sea el del parque Prater de Viena que empezó como un terreno de cacería de la realeza que fue abierto al público en 1766, para luego convertirse, con la llegada de cafés, restaurantes y otras amenidades, en el Wurstelprater, que actualmente cuenta con una noria, carruseles, montañas rusas y un gabinete de Madame Tussaud (2.16). La conexión entre los antiguos terrenos de caza y los parques de diversiones modernos también es evidente en el Parque Efteling de los Países Bajos, que evolucionó a partir de un parque natural convertido en un bosque de cuentos de hadas (fairytale forest), una zona cerrada de seis hectáreas dedicada a historias de los hermanos Grimm y Hans Christian Andersen, en la que el bosque —símbolo del inconsciente y el lugar natural del “otro” (0.24)— desempeña un papel destacado. La preferencia del Efteling por los cuentos de hadas reaparece en los más conocidos parques de diversiones del planeta: Disneyland y Disney World.1
La relación entre el capitalismo y el parque de diversiones encontró una de sus expresiones más elocuentes a finales de los años cincuenta —un momento particularmente plácido de la Guerra Fría—, cuando los Estados Unidos y la Unión Soviética acordaron una serie de intercambios culturales para promover un mejor entendimiento entre las dos naciones, que inició con una exposición soviética en Nueva York en 1958. La exhibición estadounidense tuvo lugar en el parque Sokolni de Moscú el año siguiente y estuvo asesorada por Walt Disney entre otros. Su propósito era mostrar las bondades del llamado “estilo de vida americano” e incluía “atracciones” como electrodomésticos, televisores y equipos de sonido de última generación, una colección de la moda más reciente, automóviles, libros, discos y una casa modelo para la familia promedio. Se presentó una película proyectada en múltiples pantallas llamada “Glimpses of the USA” producida por Charles y Bernice Eames. En total se presentaron bienes de consumo de más de 450 compañías estadounidenses. Una muestra nada despreciable del paradeisos americano.
La exhibición fue el escenario de uno de los capítulos más curiosos del período, el llamado kitchen debate. En éste el primer ministro Nikita Kruschev y el vicepresidente Richard Nixon discutieron sobre las diferencias entre comunismo y capitalismo y el poderío tecnológico de sus países. Mientras se paseaban por la cocina de la casa modelo Americana, Nixon detuvo a un Kruschev poco impresionado y le dijo:
NIXON: […] Esta exhibición no fue diseñada para asombrar sino para interesar. La diversidad, el derecho a elegir, el hecho de que tenemos mil constructores construyendo mil casas diferentes es lo más importante. No tenemos una única decisión por parte de un solo funcionario del gobierno. Esa es la diferencia.
KRUSCHEV: En política, nunca estaremos de acuerdo con usted. Por ejemplo, a Mikoyan le gusta la sopa muy picante. A mi no. Pero esto no significa que no nos llevemos bien.
NIXON: Ustedes pueden aprender de nosotros, y nosotros de ustedes. Debe haber un intercambio libre. Que la gente elija el tipo de casa, el tipo de sopa, el tipo de ideas que quieren.2
Como sabemos, el intercambio libre del que habla Nixon nunca tuvo lugar y la “conversación” entre las dos potencias estuvo a punto de hacer de la tierra un lugar inhabitable en más de una ocasión. No obstante, el debate entre Nixon y Kruschev nos permite apreciar la importancia de los “frutos” del paradeisos capitalista. En él la abundancia y la diversidad son primordiales y, como en el paraíso terrenal, la economía de mercado debe ofrecer un incesante flujo de mercancías para que sean exhibidas en parques, ferias, tiendas de departamento y centros comerciales.
- La etapa intermedia entre el jardín/bosque sagrado y el parque de diversiones aparece en Baviera durante el reinado de Luis II (1845-1886), gran mecenas de Richard Wagner, quien «no reparó en medios para la creación de un jardín paradisiaco como decorado de una ópera de Wagner: grutas subterráneas donde habitan las hadas, ruinas de castillos, cataratas…» (Haasse, Los jardines de Bomarzo, 38). ↩︎
- Richard Nixon, Richard Nixon: Speeches, Writings, Documents, 92-93. ↩︎
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