§ 6.15. Dismaland

A finales de agosto del 2015, Banksy inauguró Dismaland (Lugubre-landia), un parque temático/exposición de arte en un lido abandonado de la ciudad de Weston en el condado de Somerset, Inglaterra. Financiado por el enigmático artista, Dismaland fue promocionado como un “parque temático familiar no apto para niños” y atrajo un nada despreciable público de 150.000 personas en sus treinta y seis días de existencia.

Los rasgos típicos del paradeisos reaparecen en Dismaland. El balneario Tropicana, donde tuvo lugar el parque/exposición, es un complejo de 950 m2 rodeado por un muro de concreto que lo separa de la playa y que cuenta con una piscina que fue la más grande al aire libre en Europa cuando el balneario abrió sus puertas al público en 1938. Pensado como el Magic Kingdom de Disney sin el encanto infantil —es decir, sin la magia capitalista (6.13)—, el monumento central de Dismaland es una versión abatida del castillo que distingue a todos los parques de atracciones de Disney en el mundo. Justo en frente de esta ruina encontramos una estatua deformada de la Sirenita que imita la distorsión del agua de la piscina que la rodea; varada en la parte más panda hay una tanqueta antimotines irlandesa que hace las veces de fuente, de su costado sale un tobogán plástico. En manos de Banksy uno de los elementos centrales del Edén/paradeisos —la fuente de la que fluyen las aguas del mundo (6.2, 6.3, 6.7, 6.9)—, se convierte en un monumento que combina represión policial con un juego de parque infantil. Si Dismaland apunta a algún tipo de abundancia es de violencia y decadencia; un signo de los tiempos.

Por cuenta de su humor negro y su sarcasmo, Dismaland es el lugar en el que podemos apreciar más claramente cómo el Edén/paradeisos se transforma en un locus terribilis. Lo que Banksy nos presenta —en toda su deprimente gloria—, son las ruinas del capitalismo. Dentro del parque ningún empleado (vestidos con chalecos fluorescentes de seguridad y orejas de ratón) sonríe y todos han sido entrenados explícitamente para atender a los visitantes de la manera más ruda y displicente posible. Las atracciones son tan tristes como podría esperarse: un caricaturista que dibuja retratos por detrás; un carrusel en el que uno de los caballos ha sido reemplazado por un carnicero sentado en una caja etiquetada “lasaña”; un puesto de globos que vende sólo un modelo que dice “soy un imbécil” en letra caricaturesca; una escultura de una señora sentada en un banco siendo atacada por una bandada de gaviotas, otra de una orca saltando a través de un aro de un inodoro a una piscina inflable; una atracción de carritos chocones en el que el único coche es conducido por una parca; un delfín operado con monedas que está atrapado en la red de un pescador; un juego temático de minigolf adornado con barriles de crudo y llamado “mini-gulf” en el que la bola se pierde desde el principio; un camión de helados carbonizado; un quiosco de préstamos de dinero de bolsillo para que los niños puedan pedir dinero prestado para el día, a interés. La inocencia es un lujo inconcebible en Dismaland.

Una de las piezas que atrajo más interés fue un juego de barcos operado por monedas llamado Dream Boat, en el que la gente podía ayudar a que un barco lleno de refugiados atracara en un lugar seguro; sin embargo, aparte de una isla con un faro no había ninguna otra orilla adonde llegar. Dentro del castillo en ruinas se encuentra la exposición principal: hay un modelo realista de una ciudad después de un motín; un hongo atómico del tamaño de un árbol de cuya parte superior cuelga una escalera de cuerdas; y la pieza más reciente de Banksy, una escultura de tamaño real de la carroza-calabaza de la Cenicienta volcada, las ruedas y rayos de madera rotos, los caballos contorsionados y patas arriba y la princesa azul colgando de la ventana, a su alrededor un enjambre de paparazzis le dispara fotos de la escena. No es necesario mencionar el referente. Lo único que le faltó a la princesa de la vida real fueron los dos pájaros atando cuidadosamente el lazo del vestido de la Cenicienta, como si quisieran ponerla presentable para sus fotógrafos/acechadores.

Dismaland no necesita de una entrada al inframundo, dentro de sus límites, sin darnos cuenta, nos hemos hecho un poco más conscientes del infierno en el que vivimos todos. 


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