Aquí, en regiones atrasadas, sin industrias ni organización política, donde la
violencia disfrutaba de más campo que en cualquier país occidental, se permitió
crear realidades a las llamadas leyes del capitalismo […] El secreto de este nuevo
logro afortunado era que las leyes económicas ya no se alzaban en el camino de la
rapacidad de las clases poseedoras.
Hanna Arendt, Los orígenes del totalitarismo
Legalmente hablando, la existencia de los paradeisos virtuales depende en gran medida del gris en el que tiene lugar el ciberespacio. En palabras de Eric Schmidt, ex-CEO de Google, «cientos de millones de personas están, a cada minuto, creando y consumiendo una ingente cantidad de contenido digital en un mundo en línea que no está realmente limitado por las leyes terrestres… He aquí al internet, el mayor espacio no gobernado del mundo»1. Esta liminaridad del mundo virtual, junto con la actitud típicamente neoliberal que ve con hostilidad cualquier tipo de regulación por parte de entidades gubernamentales, ha fraguado una actitud desdeñosa de la ley entre los capitalistas de vigilancia que les ha permitido establecer su estado de excepción (10.4, 10.6). El ciberespacio se convirtió en una suerte de Salvaje Oeste 2.0 donde el primero y el más fuerte claman derecho a un territorio sin preocuparse de la moralidad o las consecuencias de sus acciones.2 Hasta ahora los avances del capitalismo de vigilancia también han estado protegidos por la lentitud burocrática de las instituciones democráticas.
Poco sorprendentemente, uno de los principales argumentos de Big Tech para justificar y defender sus incursiones y colonias virtuales es la libertad de expresión. Esta táctica, heredada de los medios tradicionales (9.14, 9.17), se asienta en un “fundamentalismo de la libertad de expresión” que ha logrado otorgar «a la acción de las empresas el grado de “expresión”o discurso merecedor de protección constitucional»3 y ve cualquier tipo de regulación o burocracia como formas arcaicas y retrógradas de dominación que quieren controlar los inevitables avances de la tecnología. En el centro de este línea de argumentación esta la Sección 230 de la Ley de Telecomunicaciones de 1996 de los Estados Unidos que declara que:
Ningún proveedor o usuario de un servicio informático interactivo será tratado como editor o portavoz de cualquier información proporcionada por otro proveedor de contenido informativo.
Dentro del marco de esta ley, un foro de internet —sin importar el contenido publicado en él—, no puede ser juzgado de la misma manera que una editorial, ya que no ha participado de ningún modo en editar el contenido publicado por sus usuarios. Entre los antecedentes de la sección 230 está una demanda por difamación a CompuServe, uno de los tres primeros proveedores de Internet, que fue descartada cuando los jueces consideraron que esta empresa era comparable a una biblioteca pública, una librería o un puesto de revistas, sencillamente se limitaba a presentar o distribuir la información sin participar en ella.
Sin embargo, la lógica de acumulación del capitalismo de vigilancia altera el panorama legal de la sección 230. Las redes sociales y motores de búsqueda actuales no deberían estar cobijados por este estatuto, pues más que foros neutros que se limitan a publicar la información producida de sus usuarios son enormes redes dedicadas a la regulación y edición de contenido, la generación de anuncios publicitarios y a la extracción de datos. No estamos frente a una estructura pública como una biblioteca que sirve de repositorio del dominio público, sino a las agencias de espionaje más grandes de la historia. Tal como la desactualizada Primera Enmienda protege el voyeurismo mediático protegiendo y promoviendo un establishment mediático cada vez más sensacionalista (9.14), el artículo 230, «un texto legal diseñado en su día para abonar un importante terreno tecnológico nuevo es ahora el baluarte legal que protege la riqueza, el conocimiento y el poder asimétricos atesorados por un capitalismo sin escrúpulos».4
Por otro lado, las protecciones de la sección 230 han dado lugar a foros en línea como 4chan y 8chan (ahora 8kun) que gradualmente se han convertido en focos de odio racial y extremismos políticos y han servido de hogar a movimientos tóxicos como Alt-right y QAnon, catapultando así la retórica conspiranoica de la ultra-derecha populista en todo el planeta. El tipo de libertad de expresión promulgada por estos foros virtuales, sin ningún objetivo más allá de sí misma, una libre expresión carente de límites, de nombre o rostro (10.10), no es sino una caricatura de libertad, la libertad de ser intolerantes y crédulos.
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