§ 5.3. Un cuerpo aplanado

Sobre el origen del nuevo cuerpo/superficie de la celebridad:

En Egobody: la fábrica del hombre nuevo, el filósofo francés Robert Redeker argumenta que la industria alimenticia junto con la medicina y la biotecnología modernas han creado un nuevo tipo de cuerpo que ha fagocitado al yo —el ego cartesiano—, como si se tratara de un “cuerpo extraño” (de un modo similar a como Max Headroom fagocitó a su propia mente, y viceversa):

El cuerpo nuevo fue inicialmente un mito que surgió de los escombros de la Primera Guerra Mundial y del apogeo de la civilización del hierro y del acero. En 1932, Ernst Jünger se lo representaba como la “figura del trabajador”. Sin embargo, el cuerpo nuevo contemporáneo, el que invade nuestras pantallas y nuestras calles, ya no se le parece al cuerpo inoxidable impulsado por los fascistas, los nazis, los estalinistas. El cuerpo del mito totalitario […] es un cuerpo forjado por la política. Ese cuerpo expresaba el triunfo de la voluntad política. Ese cuerpo —el de los atletas de los Juegos Olímpicos de Berlín, de los desfiles en la Plaza Roja de Moscú o de las nadadoras de Alemania del Este de los años 1970— era la forma antropológica y visible de un dogma. Una ideología hecha carne, hecha músculo, hecha energía corporal.1

No obstante, a partir de los años cincuenta, el cuerpo de los totalitarismos políticos del siglo XX pasó por una segunda transformación que traza la misma ruta de la secularización que nos ha llevado de la religión al mercado global (1.16, 1.18, 2.2, 2.5, 2.12, 3.3.2, 4.13, 4.15). La fase intermedia de esta mutación, el control del cuerpo a través de la ciencia y la medicina, ha sido abordada por pensadores como Georges Canguilhem y Michel Foucault.

Así pues, según Redeker:

el cuerpo nuevo contemporáneo no es esculpido por el voluntarismo político sino que se ha desarrollado la margen de la política. Su divisa no se debe buscar en la estatuaria política sino en la publicidad, sus afiches, sus anuncios, sus imperativos. El dictamen del cuerpo ya no procede ni de la iglesia ni de la ideología de un partido (ya sea comunista, nazi o fascista), sino de la publicidad […] La política apenas juega ahí un rol menor, solo está integrada bajo la forma del espectáculo, es decir, del entretenimiento.2

Este nuevo cuerpo publicitario es “plano” en comparación con el cuerpo forjado por la  tradición occidental, pues en él han colapsado las ideas de yo, alma y carne en una sola entidad superficial que las hace indistinguibles: el cuerpo se convierte en vértice, en abstracción geométrica. Esta es la encarnación de lo que Herbert Marcuse llamó el “hombre unidimensional”, un hombre que a través de su completa inclusión en la sociedad industrial y de consumo se ha visto forzado a dejar atrás todas aquellas dimensiones que no son de utilidad para su manipulación. Atrapado en los aspectos funcionales y maquinales de la vida, este humano es presa de una forma de control sutil y constante que lo somete a las leyes del mercadeo y la publicidad.


  1. Redeker, Egobody, 18-19. ↩︎
  2. Ibíd., 19. ↩︎

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