En 1996, Jennifer Ringley, una estudiante del Dickinson College de Pennsylvania, instaló una cámara web en su cuarto en el dormitorio de la universidad. La cámara transmitía imágenes a una página web que se actualizaba cada tres minutos para mostrar la imagen más reciente, convirtiéndola en una de las primeras “lifecasters” (personas que trasmiten sus vidas por internet). En los cuarenta años transcurridos desde La ventana indiscreta algo esencial había cambiado en el concepto de privacidad de la cultura estadounidense. Tanto así que desde un inicio Ringley se rehusó a filtrar los eventos que tenían lugar ante las cámaras por lo que en ocasiones aparecía desnuda o teniendo sexo. Cuatro años después su sitio jennicam.com tenía cuatro millones de vistas diarias.
En el FAQ de su página Ringley explicaba:
No siento que esté renunciando a mi privacidad. El hecho de que la gente me vea no significa que esto me afecte, sigo estando sola en mi habitación, pase lo que pase. Y mientras lo que pasa por mi cabeza siga siendo privado, tengo todo el espacio que necesito […] De todos modos, nunca siento la necesidad de ocultar nada.1
En este fragmento vemos la precariedad de los conceptos de individualismo (mientras lo que pase por mi cabeza siga siendo privado) y privacidad (tengo todo el espacio que necesito) de la cultura norteamericana contemporánea. A medida que los medios colonizan nuestro mundo interior y entramos en una fase ballardiana de la civilización (5.12), la individualidad y la privacidad se convierten en residuos de una época pasada que se han visto reducido a nuestras cabezas. En efecto, si una de las características básicas de la individualidad es la autonomía para determinar la veracidad de la realidad, un mundo en el que la realidad y la ficción se cruzan constantemente es un mundo donde la individualidad se ha hecho sistemáticamente imposible. Al respecto, Calvert argumenta que «nuestro deseo de mirar y la disposición de los demás a ser mirados sugieren que las nociones de privacidad están cambiando y que nuestro sentido del individualismo está en declive en la medida en que deseamos vivir nuestras vidas “mirados” por otros. Nuestra individualidad se satisface cuando los demás observan nuestras acciones».2
Esta pérdida de individualidad e interioridad es inseparable de la dandificación del humano —de su transformación en un objeto de consumo (2.12)—, que se puso en marcha desde principios del siglo XIX. El humano convertido en mueble de tocador de Balzac (2.10, 3.2), convertido en objeto y mercancía, le confiere al humano la interioridad de esta; es decir, ninguna. Una vez despojados de interioridad y convertidos en imágenes de consumo, estas personas (máscaras) abandonan su condición de forma de vida para entrar en un mercado desregulado de imágenes (3.3.2, 5.17) que conforma el sustrato econo-pneumático de la híperrealidad mediática.
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