Once upon a time at the foot of a great mountain
There was a town where the people known as Happyfolk lived
Their very existence a mystery to the rest of the world
Obscured as it was by great clouds
Here, they played out their peaceful lives
Innocent of the litany of excess and violence
That was growing in the world below
To live in harmony with the spirit of the mountain called Monkey was enough
Gorillaz feat. Dennis Hopper, Fire Coming Out of the Monkey’s Head
Desde tiempos antiguos el hogar humano ha sido considerado un santuario que nos protege de bestias y enemigos, de las amenazas provenientes tanto del mundo natural como de nuestros semejantes. La casa (domus) es no solo el lugar donde sucede la intimidad y el conocimiento de sí mismo y, por lo tanto, donde surge el individuo, es también el locus primigenio de la soberanía (0.27, 6.7), su lugar de origen. No obstante, este domus —la morada fortificada que le hemos robado a la naturaleza a través de la técnica—, fue invadido por los medios de comunicación y la mirada del otro (9.1, 9.9, 9.12) y atrás quedó su carácter de santuario. Esta incursión, fatal para la privacidad y el mundo interior del humano, se vio complementada con una invasión aún más reciente que puede rastrearse a un momento específico en el tiempo.
En el año 2000, un grupo de ingenieros y tecnólogos de Georgia Tech colaboraron en un proyecto llamado Aware Home que introducía por primera vez la idea de computación ubicua aplicada al hogar humano. Este proyecto —resultado de un número de tecnologías telemétricas que surgieron gracias a la miniaturización de componentes electrónicos—, es el origen de la disciplina de la domótica o la aplicación de tecnología digital para la automatización de la vivienda. Aware Home, nos cuenta Shoshana Zuboff, estaba sentado sobre tres supuestos:
En primer lugar, los científicos y los ingenieros entendían que los nuevos sistemas de datos producirían un ámbito de conocimiento totalmente novedoso. En segundo lugar, se asumió que los derechos sobre este nuevo conocimiento y el poder de usarlo para mejorar la propia vida pertenecían exclusivamente a las personas que vivían en la casa. En tercer lugar, el equipo dio por sentado que, pese a tanta maravilla técnica digital como allí había, Aware Home no sería más que una encarnación modernizada de las convenciones ancestrales que conciben el “hogar” como el lugar de asilo privado donde se refugian quienes se recogen entre sus paredes.1
Los creadores de Aware home estaban en lo correcto en cuanto al primer supuesto, los datos producidos era de una nueva índole. Sin embargo, el segundo y el tercero pronto se vieron traicionados con el surgimiento de un nuevo modelo económico que Zuboff ha llamado capitalismo de vigilancia y que toma como punto de partida los datos que los usuarios generan al navegar por internet. Tan pronto «la soberanía del individuo y la inviolabilidad del hogar como ámbito privado»2 fueron invalidados, terminó de desaparecer el respeto —ya debilitado por los medios tradicionales (9.2)—, que garantiza tanto la privacidad individual como el espacio público. La casa dejó de ser un santuario y la simbiosis humano-hogar implícita en la domótica se inclinó decididamente hacía el polo tecnológico. En la era digital la polaridad entre la vida humana, zoé, y la nueva definición de hogar, el domus digitalis, se invierte y la casa, antes el núcleo íntimo del paradeisos, es engullido por este (0.27).
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