El desarrollo de la idea de paradeisos en el mundo islámico alcanzó su apogeo con los jardines persas del imperio Safávida, la más importante dinastía que surgió desde la conquista musulmana de Persia en el siglo VII d.C. De particular importancia para nuestro tema es el Chahar Bagh, un estilo de jardín cuyos orígenes se remontan a la dinastía Aqueménida, a la que pertenecieron Ciro el joven (0.3), Jerjes y Ciro el Grande, cuya ciudad palacio de Pasargada tiene las ruinas más antiguas de este tipo de jardín.
El Chahar Bagh está construido sobre una plantilla geométrica de dos ejes que se dividen en cuadrantes, cuya configuración «se basó en la división pre-islámica iraní de la división de la tierra en cuatro cuartos, que podría haberse inspirado en los motivos geométricos de las civilizaciones de Mesopotamia y del Valle de Sindh»1. Al entrar en contacto con la cultura islámica, las dos líneas perpendiculares que dividen el jardín se convierten en canales que representan a los cuatro ríos del paraíso terrenal que fluyen de una fuente central, el manantial del Edén (6.2).
Dado que el soberano es la persona en la que converge lo material e inmaterial, es decir, el puente entre lo divino y lo humano (1.1, 1.5, 1.7), es natural que el parque —locus primigenio de la soberanía (0.27)—, también cumpliera esta función. En efecto, para la cultura persa la geometría básica del Chahar Bagh representaba la unión de lo material y lo inmaterial en un lugar específico. Por esta razón, este tipo de parque «se convirtió en una poderosa metáfora para la organización y domesticación del paisaje, en sí mismo un símbolo del territorio político»2. Ahora, dado que el Génesis bíblico nos presenta uno de los primeros relatos sobre el poder y la supremacía (1.13), no es en absoluto extraño encontrar que la topología de uno de sus lugares más importantes, el Jardín del Edén, sea el origen de un territorio ordenado políticamente (0.28).
Sobre la relación de la geometría y la soberanía: la capacidad de medición está íntimamente relacionada con la facultad de juicio del soberano, pues «para juzgar algo habría que ser capaz de medirlo; y quien quiera situarse patriarcalmente por encima de la madre […] tendrá que medir la tierra (geo-metría es, después de todo, medición de la tierra)»3. Así pues, el soberano es aquel capaz de medir la tierra y convertirla en territorio. Este afán por territorializar —por domesticar la tierra y convertirla en un domus humano—, convierte al paradeisos no solo en un lugar de esparcimiento sino en el origen de los primeros jardines zoológicos.
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