Los guetos nazis fueron apareciendo gradualmente y no en territorio alemán. En un principio, dice Duneier, no se trataba de «un corral transitorio previo al exterminio», sino de una solución temporal que anticipaba su expulsión. De hecho, una de las opciones discutidas por los altos mandos nazis para la llamada “cuestión judía” fue deportar a los judíos alemanes a Madagascar, por entonces una colonia francesa, ya que había sido Napoleón quien los había liberado a principios de la siglo XIX. (7.10).
Si bien los Nazis no coincidían en cómo deshacerse de la población judía, estaba claro que debían ser marginados de la sociedad alemana. Se les restringieron los movimientos por las ciudades, no podían ir a plazas públicas, playas y teatros ni compartir vagones de tren con otros alemanes. Sus hijos no podían ir a escuelas alemanas. El objetivo de estos decretos, asegura Duneier, no era simplemente la segregación si no la exclusión y el control económico a ultranza. Fue solo cuando el Tercer Reich invadió Polonia y luego Checoslovaquia y Hungría, que guetos como los de Cracovia y Varsovia se convirtieron en la forma predominante de exclusión para los judíos del este de Europa.
Así su propósito original no haya sido servir de la antesala para el exterminio, la idea del gueto nazi guarda una clara continuidad con el campo de concentración y exterminio. Primero porque el gueto permitió instaurar una situación en la que el judío carecía completamente de estatus legal —de facto durante buena parte de los treintas y que se generalizó y “formalizó” dentro del campo de concentración—; y segundo, porque tanto el gueto como el campo son lugares donde claramente rige la excepción (7.7). La segregación total e inescapable posibilitada por el gueto nazi derivó en una deshumanización igualmente total e inescapable. La separación del otro que comenzó con la cacería y la domesticación encuentra su culminación, in extremis, en el campo de concentración (0.24, 0.25, 0.26, 0.27).
Quien entraba en el campo, dice Agamben,
se movía en una zona de indistinción entre exterior e interior, excepción y regla, lícito e ilícito en que cualquier tipo de protección jurídica había desaparecido. Además, si se trataba de un judío, este había sido ya privado con anterioridad de sus derechos por la leyes de Nuremberg y con posterioridad, en el momento de la “solución final”, había quedado desnacionalizado por completo.1
La desnacionalización y deshumanización que tuvo lugar en los campos de concentración nazi —la consolidación de la figura del otro en tiempos modernos—, alcanzó tal punto que muchos de estos, como el campo Dora-Mittelbau en Turingia, fueron usados como campos de trabajo forzado que suplían mano de obra esclava para la construcción de los cohetes V-2, el primer misil balístico de largo alcance del mundo. Aproximadamente uno de cada tres de los 60.000 prisioneros del campo murió por causa de desnutrición, falta de higiene y jornadas de trabajo de catorce horas.
Pero más allá de las marcas de continuidad entre gueto y campo está la topología liminar que caracteriza a nuestro lugar terrible. Si para Agamben «el campo no es un simple hecho histórico […] sino en algún modo, la matriz oculta, el nomos del espacio político en que aún vivimos», el parque de cacería es la descripción más general y coherente de su topos.
- Agamben, Medios sin fin, 39-40. ↩︎
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