Life is the crummiest book
I ever read, there isn’t a hook
Just a lot of cheap shots, pictures to shock
And characters an amateur would never dream up
Sometimes truth is stranger than fiction
Bad Religion, Stranger than fiction
Si el realismo llevado la extremo elimina la distancia entre la vida y el arte (9.4, 9.7), entre lo real y su representación (9.5), cabría preguntarse ¿qué sucede cuando gente normal empieza a vivir en el mapa y deja atrás el territorio? Esta situación trae consigo no solo una confusión entre realidad y ficción (9.2, 9.3, 9.4), sino también entre realidad y actuación, es decir, anula la diferencia entre ser y actuar. Con esta indistinción aparece una nueva forma de asumirse en el mundo en el que la apariencia sobrepasa constantemente a la esencia, una actitud que fue encarnada por primera vez por los dandis de la regencia inglesa (2.3). Este humano exhibicionista y dandificado «lejos de temer la presencia indiscreta de la cámara […] anhela vivir su vida a la vista de todos».1
En estas circunstancias la vida entera se transforma en una actuación y no hay ningún tema o actividad humana que quede al margen de la mirada de la cámara. Es el rating, un parámetro publicitario, el que impone los límites del comportamiento humano. Ya sea un participante de Gran hermano o un panelista de Laura en América, todos hemos visto a estos personas actuar sus vidas en televisión y unas temporadas después aparecer nuevamente en otro show con otro nombre, otra identidad y otra historia —otra persona (0.13)—. La máscara (prósopon) se ha convertido de persona (bios) en personaje, y ahora desea cruzar el espejo y convertirse en una ficción. Sin embargo, estas personas transformadas en ficciones rara vez son buenos personajes (9.9).
- Calvert, Voyeur Nation, 32. ↩︎
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