Uno de los efectos más característicos de la mediatización de la vida humana es la retroalimentación constante entre ser espectador y ser espectáculo, entre ser yo y ser otro. En un mundo vivido a través de imágenes todos somos “yo” y a la vez somos el “otro” de otro yo. Esta situación da lugar a un umbral de indistinción entre identidad y alteridad: somos un yo porque experimentamos subjetivamente y somos el otro porque encarnamos la mirada externa. De este modo quedamos confinados a un umbral circular donde tiene lugar una regresión a una forma mítica de conciencia (5.12), un limen en el que la psique se exterioriza y se cierra a nuestro alrededor. En este mundo indistinto entre yo y otro, entre lo interior y lo exterior, las celebridades empiezan a cumplir el papel de arquetipos de la psique contemporánea (2.17, 5.13). El lugar terrible que nos imponen los medios de comunicación es en gran parte producto de esta regresión a una estructura previa de consciencia.
Así pues, tenemos que la telerrealidad no solo elimina la distancia entre lo público y lo privado (9.1, 9.2, 9.9, 9.11, 9.14), lo real y lo ficticio (9.2, 9.3, 9.4, 9.7, 9.15, 9.19), también hace lo suyo con la distancia entre yo y otro, al punto que estos se confunden y diluyen en una estructura que asemeja lo que Jacques Lacan llamó el gran Otro. Este concepto, un orden simbólico trans-individual que subyace las interacciones inter-subjetivas y sociales, sirve de repositorio para el conocimiento “supuestamente desconocido” (todo lo que fingimos no saber) que sustenta a una sociedad. El gran Otro es un nivel de conocimiento invisible para el yo habitual, pero es donde van a dar todas las suposiciones, conscientes o inconscientes, que forman nuestra visión del mundo. En efecto, Mark Fisher no falla al argumentar que los deseos y preferencias que alimentan el circuito de control propuesto por un reality como Gran Hermano, son los deseos y preferencias del gran Otro, que vendría a ser el consumidor de relaciones públicas y propaganda por excelencia. Una vez integradas al bucle de retroalimentación de la telerrealidad las suposiciones del gran Otro se convierten en una herramienta de coacción (Sí, bueno, apuesto a que 32 millones de personas no estarían de acuerdo contigo) que refuerza la efectividad de los mecanismos de control del sistema.
Visto así, Howard Beale en Network y Frank en God Bless America (y hasta cierto punto John Nada en They Live) son una suerte de tricksters que revelan el conocimiento supuestamente desconocido almacenado en el gran Otro con el fin de romper el circuito de retroalimentación del mecanismo de control. No por casualidad en muchas religiones dualistas el trickster
actúa como segundo creador del mundo, o de una parte de él, y sobre todo desempeña el papel de quien echar a perder la creación de la divinidad suprema […] En el mito bíblico del Génesis, podemos reconocer la presencia discreta de un trickster (la serpiente) ex machina, que le revela a la pareja primordial la sexualidad, ocasionando su expulsión del paraíso […]1
Una vez más nos encontramos con la intersección entre la política, medios y religión en un formato gnóstico que corrobora la visión Ofita (6.4) según la cual la serpiente en el jardín del Edén habría sido la primera en intentar liberarnos de la tiranía de un dios inconsciente (el gran Otro) que nos impide el acceso al árbol de la vida.
- Mircea Eliade, Ioan Culianu y Hillary Wiesner Diccionario de las religiones, 148. ↩︎
Deja un comentario